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Conocer el IslamDecadencia del Califato de Córdoba
Mª Pilar Zaldívar (Mar 18, 2008) Conocer el Islam
Como quedó explicado en el artículo anterior, la época de Abd al-Rahman III se caracterizó por el centralismo político y por la fuerza que cobró la institución califal. La figura clave de este periodo fue el califa, por lo que a su muerte, en el año 961, las cosas empezaron a cambiar.

Le sucedió en el trono su hijo al-Hakam II, de talante mucho menos guerrero que su padre y amante de las letras. Creó en Medina Azahara una de las bibliotecas más importantes de su tiempo y se dedicó a sus libros, delegando las tareas de gobierno en personas de su confianza.

De entre sus delegados destacó uno: Ibn Abi Amir, un joven de origen poco ilustre que fue abriéndose paso hasta alcanzar las más altas dignidades del estado. Controló la ceca de Córdoba, administró los bienes del califato, se introdujo en el ejército y llegó a convertirse en “hayib”, el cargo más elevado de la administración califal. Poco a poco fue arañando parcelas de poder. Llegó, incluso, a mantener una relación amorosa con Subh, una princesa cristiana con quien había contraído matrimonio el califa y que era la madre del heredero, Hisam. De este modo, pudo controlar la educación del niño. Se ocupó de mantenerlo aislado en Medina Azahara, lejos de los centros de poder y entregado a una vida que distaba mucho de lo que debía ser la formación de un joven príncipe.

Hisam se convirtió en una figura débil que actuaba al dictado de lo que ordenaba el “hayib” lo que permitió que, a la muerte de al-Hakam, Ibn Abi Amir consiguiera controlar todos los resortes del poder. Cambió la política con los reinos cristianos y se dedicó a hostigar militarmente los territorios del norte. Sus razzias se hicieron famosas y pasó a ser conocido en la cristiandad como el “Anticristo”. Atacó ciudades emblemáticas como Barcelona, pero su campaña más famosa fue la de Santiago de Compostela: sabiendo que era un centro de peregrinación importante, lo arrasó y se llevó las campanas del santuario para utilizarlas como lámparas en la mezquita de Córdoba. Sólo respetó la sepultura del santo. A la vuelta de esta campaña se le otorgó el sobrenombre con el que ha pasado a la historia: Almanzor.

En la capital del califato llevó a cabo la mayor ampliación de la mezquita aljama, no obstante, desde el punto de vista artístico, es la menos rica.

Emulando a Abd al-Rahman III se hizo construir una ciudad áulica, llamada Madinat az-Zahira, a las afueras de Córdoba. En la actualidad no se conservan sus restos, pero sabemos que se convirtió en el nuevo centro de poder y que toda la administración dejó Medina Azahara y se trasladó a este nuevo emplazamiento. Sólo permaneció el califa Hisam.

Alamanzor tuvo la inteligencia suficiente para no apoderarse nunca de la dignidad califal y simular que actuaba siempre en nombre de Hisam. No obstante, inauguró una nueva dinastía, la de los Amiríes, que convivió en el poder con los Omeya. Estos últimos llevaban el título de califas y aquellos gobernaban.

  
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