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OpiniónUn rey inteligente
Fuente El Mundo (Dec 07, 2014) Opinión
Al revés que otros políticos, carentes de la imaginación y el coraje suficientes, sometidos a su propia dictadura del no, o del sí, que en el fondo es la misma, Felipe VI mostró una madurez extrema, y también una estrategia tremendamente astuta y ambiciosa, cuando instaló al president en este vehículo, el mismo que, como otros muchos españoles, condujo nada más cumplir los 18 años.

Allí, en un coche típicamente español (y alemán), el disidente de España y el monarca aún novato tuvieron ocasión de afilar sus pensamientos y trasladárselos al otro sin más observadores que el presidente de Seat y el ministro de Industria; sin titulares de prensa potenciales para esa conversación privada; y, más importante, sin invitados inadecuados que adulteraran los propósitos.

Nuestro rey -lo es de todos; también, al menos por el momento, de Mas y de otros que tampoco lo quieren- ha demostrado con este encuentro sabiduría y buen juicio. Ojalá que quienes se mantienen, por inflexibilidad o incapacidad, alejados del axioma básico de la necesidad de comunicación con quienes piensan diferente, hayan entendido que este divorcio al que está queriendo conducirse el Govern quizá, sólo quizá, aún pueda someterse con éxito a una última terapia de pareja o, mejor, de países.

Resulta del todo evidente que las pretensiones del presidente catalán y las del jefe de Estado difieren en lo esencial; es evidente que pretender hallar un feliz punto de encuentro entre las aspiraciones de ambos parece una tarea hercúlea y de improbable resultado.

Pero en un tiempo en el que en política el debate se centra en turbias acusaciones sobre qué partido alberga más casos de corrupción; o sobre quién traiciona más sus compromisos electorales; o sobre quién es más intransigente con las necesidades de los ciudadanos, es de agradecer, y de aplaudir, este encuentro entre los dos estadistas.

La imágenes de Felipe VI y Artur Mas juntos producen el efecto contrario al que provoca casi todo lo demás sobre el conflicto del independentismo catalán; en vez de crispar, ofrece esperanza; en vez de contribuir al ruido ensordecedor de un diálogo que no existe, promueve la concordia y la búsqueda de criterios comunes que resulten beneficiosos para todos.

Felipe está desplegando, desde que accedió al trono, un acertado conglomerado de virtudes políticas que muchos no sospechaban que atesoraba. Pero, realmente, sus actividades y comentarios públicos se cuentan, hasta la fecha, como verdaderos aciertos, algunos de magnitud.

Su reciente decisión de establecer, a partir de enero, un nuevo código -austero y sensato- que controle los numerosos regalos y otras prebendas que recibe la Familia Real lleva, de nuevo, a la monarquía a un lugar más cálido, a uno más cercano a ese en el que se encuentran sus súbditos.

Porque en vez de coleccionar Ferraris pagados por jeques o "Fortunas" con los que luego no se sabe qué hacer, el rey parece entregado a la causa de ganarse a su pueblo con toneladas de trabajo visible, medidas de corte austero para reyes del siglo XXI y estrategias políticas basadas, sobre todo, en el sentido común y la sensatez.

El encuentro de Martorell con Mas, ocurrido además tras la importante visita real a la Alemania de Angela Merkel, podría considerarse anecdótico, incluido su trayecto en el Ibiza; sin embargo, lejos de serlo, revela la imagen de un monarca no sólo absolutamente comprometido con aportar su parte para solucionar el conflicto catalán, también habilidoso e inteligente en el desarrollo de su encargo constitucional.

La madurez de Felipe VI, en estos tiempos en los que la división del Estado constituye una amenaza verdadera, supone un elemento de crucial importancia y uno que, tal vez, contribuya a dirigir al Estado que representa a un lugar donde el entendimiento se anteponga a la crítica, y donde la ambición por escucharse y comprenderse venza al estancamiento y la parálisis.

ÁNGEL F. FERMOSELLE

  
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