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Orientación FamiliarPre-adolescencia y adolescencia
Luis Albás Mínguez (Sep 12, 2013) Orientación Familiar
Con el despertar de la intimidad, entramos en la pre-adolescencia y la adolescencia, un periodo en que el joven tiene que volver a tomar, como suyas, cosas que ha realizado por imitación o por simple exigencia externa. Ahora se compromete consigo mismo y todo lo que hace adquiere una nueva dimensión.

La pre-adolescencia Desde los ocho a los doce años, aproximadamente, hemos destacado las virtudes relacionadas con la fortaleza y con la justicia, en cuanto supone la adaptación del comportamiento de nuestros hijos a unas indicaciones concretas.

Desde los trece hasta los quince años, con el descubrimiento más claro de la propia intimidad en los chicos, parece conveniente insistir, de un modo preferente, en el desarrollo de las virtudes relacionadas con la templanza. Los padres y educadores pueden ver como muchas personas, que viven en la sociedad actual, dan un ejemplo nefasto para los jóvenes, dejándose llevar a cualquier extremo en busca de un placer superficial.

Anteriormente habíamos visto la necesidad de desarrollar la virtud de la fortaleza; ahora se trata de canalizar esa fuerza para que protejan lo más preciado de su ser: su intimidad. Y, con la intimidad nos referimos a los sentimientos, a los pensamientos y no sólo a aspectos del cuerpo. Por eso, las virtudes del pudor y de la sobriedad podrían resumirse en llegar a reconocer el valor de lo que uno posee, para luego utilizarlo bien, de acuerdo con criterios rectos y verdaderos.

Aparte de estas virtudes, relacionadas con la templanza, conviene insistir en otros valores que tienen que ver con la intimidad de la persona y con sus relaciones con los demás. Por ese motivo se destacan la sociabilidad, la amistad, el respeto y el patriotismo. Estas cuatro virtudes suponen aprender a interesarse por la propia intimidad y por el bien de los demás de un modo muy concreto.

Aquí encontraremos la ayuda principal que pueden aportar los padres y educadores. Se trata de orientar a los jóvenes para que lleguen a canalizar sus inquietudes hacia los demás por medio de actos concretos de servicio. Debemos tener en cuenta que el adolescente, por su misma naturaleza, es idealista y también necesita vivir nuevas experiencias. Si los educadores no les ayudamos, es probable que las influencias externas, intencionadas y perjudiciales, enlacen con este modo de ser.

¿Qué motivos podemos proporcionar a los hijos?

Creo que hay que darles razones. No es una solución nueva. Los padres, normalmente, hemos aprendido a comportarnos imitando a nuestros educadores. Y ahora nuestros hijos no están dispuestos a imitarnos. Piden razones. Y, nosotros no tenemos las razones para dárselas de tal modo que pueden ser captadas adecuadamente. Por esto, y aunque no hay recetas en la orientación familiar, se trataría de dar la información a los jóvenes de acuerdo con estas cuatro ces: una información clara, corta, concisa y… cambiar de tema. La última c, con la finalidad de que piensen sobre lo que les hemos dicho, evitando discusiones que no conducen a nada positivo.

La adolescencia

Es una etapa vital para el desarrollo de la personalidad de nuestros hijos. Etapa comprendida entre los 12 a los 16 años, hoy podemos asegurar que se mueve entre unos márgenes más amplios: de los 10 a los 19 años.

Es vital, puesto que es cuando se preguntan qué es lo que son. Ya hemos visto que saben que no son adultos, pero tampoco niños. Se cuestionan cómo actuar, qué papel desempeñan en la sociedad y si se cuenta con ellos para algo.

Viven un cambio físico y mental muy rápido, surgiendo con ímpetu la sexualidad.

Se sienten inseguros. Ya no creen ciegamente en los adultos, no se acaban de gustar, no tienen opinión propia y se sienten desvalidos y solos. Aparece el aburrimiento. En muchos casos se muestran melancólicos: por un lado añoran su infancia y por otro desean el futuro, aunque le temen. Es el periodo más conflictivo.

El adolescente es rebelde: se opone, por principio, a los demás. Preferentemente a los padres, hermanos y profesores. El instinto de oposición es su característica predominante. A cualquier indicación, norma o sugerencia responde con una oposición sistemática, argumentada. La causa: no quieren parecer niños y obedecer ciegamente como antes. Esa rebeldía interior le lleva a fijarse unas metas poco realistas.

Por ello, la relación con los padres suele ser bastante conflictiva. No es cierto que no les quieran: les quieren, aunque no dejan de quejarse argumentando que “no le apoyan”, que “no le comprenden”. La causa es bien sencilla: son ellos los que no acaban de comprenderse. El choque es, por tanto, muy fuerte, dado que, hasta entonces, sus padres eran el modelo de vida a seguir.

Contemplan a la sociedad en general, como algo complejo, abstracto y ajeno a su vida. No se ven implicados, ni entienden que deben corresponsabilizarse de su devenir. No la consideran como algo que es suyo y donde deben intervenir, influir y mejorar.

A los profesores los ven como adultos que son importantes en relación a la información académica que reciben de ellos, y como alguien que les manda tareas para hacer en casa. Antes de esta etapa, solían ser un modelo de vida. Ahora no.

El adolescente tiene la necesidad vital de ser como los otros y estar con otros. Nace en ellos el espíritu gregario.

Necesitan sentirse, interiormente, arropados y protegidos (son inseguros). Esta es la razón por la que hay que evitar que se sientan perdidos, desesperanzados y solos. Es cuando comienzan a explorar y conocer modelos a los que imitar (personajes de moda, cantantes, deportistas de éxito, o jóvenes mayores que ellos). Los padres y profesores pasan a un segundo plano: ser como mi papá, no.

Su capacidad de comprensión es alta, mucho más de lo que normalmente creemos. A los padres nos suele confundir su capacidad de argumentación, que es potente y ardorosa y, a veces irrespetuosa. Al estar impregnada de sentimientos y deseos, suele parecer que sus argumentos son poco reales. Pero son reales, aunque lo que reflejen sea sus sentimientos, dudas y temores, enmascarados en afirmaciones rotundas. Sus puntos de vista son los únicos correctos y los defienden de forma apasionada.

En síntesis, en los adolescentes se produce un cambio súbito de su personalidad, de su carácter y temperamento. Precisamente, este cambio tan rápido sorprende y suele coger de sorpresa a los padres.

Claves de ayuda

* Esforzarnos por entender sus cambios, tanto físicos como psicológicos. No se debe permitir que hermanos u otros familiares se burlen de ellos.

* Respetar sus reacciones, siempre que no atenten contra otras personas. En este sentido, son inaceptables actitudes o comportamientos violentos, vejatorios o humillantes.

* Transmitirles que “estamos ahí”, de su parte. Los hijos adolescentes deben interiorizar que somos sus aliados, no sus controladores. Es necesario que no nos identifiquen como “policías del hogar”.

* Animarlos, sin agobios, dejándoles claro que pueden confiar en nosotros, pero procurando no forzar la confidencia o caer en el “colegueo”.

* Respetar su intimidad. Que perciban un respeto esencial hacia su persona, sus pertenencias, su dormitorio. Otra dimensión del respeto se dirige a sus estados de ánimo cambiante, sus momentos de euforia, melancolía, aislamiento voluntario o sus pequeñas manías y rarezas (cambios en el modo de vestir, de peinarse…)

Desde los 16 hasta los 18 años

Los valores que deben ser reconocidos y desarrollados en los hijos de estas edad es se basan en una capacidad de razonar inteligentemente. Es decir, será casi imposible que desarrollen plenamente las virtudes necesarias para alcanzar la madurez, sin una cierta capacidad intelectual.

Las virtudes a las que nos referimos son: la prudencia, la flexibilidad, la comprensión y, también, la lealtad y la humildad. En las descripciones que hacemos al final de este artículo, se puede ver qué tipo de actividad supone el vivir estos valores. Por ejemplo: “recoger información continuamente”;” ponderar las consecuencias de sus decisiones”; “proteger un conjunto de valores”;” reconocer distintos factores que influyen en una situación”;” reconocer las propias insuficiencias”, etc. Por eso, conviene insistir en estos valores cuando los jóvenes tienen más capacidad intelectual.

En la edad anterior, vimos la importancia que tiene darles información respecto al significado de estos conceptos. Y, ahora, habrá que repetir lo mismo, pero con mayor insistencia. Si antes los peligros vienen por dejar hacer en relación con las pasiones, ahora los peligros vendrán, seguramente, por aceptar unas ideas erróneas.

Es importante la prudencia, esto supone que el joven prudente abra los ojos a su entorno y busque la información adecuada, ponderando las consecuencias antes de tomar decisiones. Los padres deben darse cuenta que, en estas edades, ya es muy difícil exigir a sus hijos que hagan determinadas cosas, ni es muy conveniente hacerlo. Más bien se tratará de exigirles mucho, pero para que piensen antes de tomar decisiones, recordándoles, continuamente, la importancia de establecer unos criterios en torno a los cuales se puede decidir razonablemente. Hay que obligar a los jóvenes a plantearse seriamente el por qué de sus propias vidas, para que lleguen a actuar coherentemente con unos valores. Por eso es tan importante la lealtad a lo valioso y a quienes lo representan.

Al estar en una edad más madura se buscará, en el desarrollo de los valores, un equilibrio entre un sólido apoyo en lo permanente (lo que es valioso), el reconocimiento realista de las propias posibilidades como persona y una actuación audaz para conseguir un auténtico bien, para acometer con decisión la excelencia personal.

Y es preciso hacer referencia a una virtud más. Una virtud muy importante para una sociedad que se caracteriza por el odio y la desesperación. Se trata del optimismo. Es un valor que hay que procurar desarrollar en niños pequeños y en todas las edades. La incluimos ahora, en estas reflexiones, porque es posible, con la voluntad, adquirir el hábito de ver lo positivo, en primer lugar, con tal de saber lo que es verdaderamente bueno y no confundirlo con lo que deseamos y hemos decidido que es bueno. Pero, además, se trata de ver lo mejor en los demás y así es posible y deseable ayudarles a mejorar. Por esto, a estas edades, el joven debería volcarse en ayudar a los demás, sabiendo que es lo único que vale la pena.

Valores a desarrollar en estas edades:

Prudencia: En su trabajo intelectual, su estudio, y en las relaciones con los demás, recoge una información que enjuicia con criterios rectos y verdaderos, pondera las consecuencias favorables y desfavorables para él y para los demás, antes de tomar una decisión, y luego actúa o deja actuar de acuerdo con lo decidido.

Flexibilidad: Adapta su comportamiento a las circunstancias de cada persona o situación, sin abandonar por ello los criterios de actuación personal.

Comprensión: Reconoce los distintos factores que influyen en los sentimientos o en el comportamiento de una persona, y profundiza en el significado de cada factor y en su interrelación – ayudando a los demás a hacer los mismo – y adecúa su actuación a esa realidad.

Humildad: Reconoce sus propias insuficiencias, sus cualidades y capacidades y las aprovecha para hacer el bien, sin llamar la atención ni necesitar del aplauso ajeno.

Lealtad: Acepta los vínculos implícitos en su adhesión a otros – amigos, profesores, familiares, instituciones, etc. de tal modo que refuerza y protege, a lo largo del tiempo, el conjunto de valores que representan.

Audacia: Emprende y realiza diferentes acciones que parecen poco prudentes, convencido, a partir de la consideración serena de la realidad, con sus posibilidades y sus riesgos, de que puede alcanzar un auténtico bien para él y para los demás.

Convendría destacar, por último, que la vida familiar es algo espontáneo, lleno de amor y alegría. En este sentido, debemos entender que las indicaciones que hemos venido presentando, no tienen como finalidad en que se conviertan en un plan, sino en una serie de sugerencias para ayudar a los padres a decidir más prudentemente lo que es mejor para ellos y para sus hijos.

Así mismo, no tiene gran importancia el hecho de destacar un valor u otro. Lo que interesa es el conjunto de los valores, en desarrollo. Por eso, es necesario que los padres nos propongamos una lucha de superación personal, respecto a los valores que deseamos desarrollen los hijos. De todas formas, cada persona tendrá sus preferencias.

Ahora bien, ¿cuáles son las tres virtudes más necesarias para padres y educadores? Posiblemente estas tres:

Perseverancia: Una vez tomada una decisión, lleva a cabo las actividades necesarias para alcanzar lo decidido, aunque surjan dificultades internas o externas, o a pesar de que disminuya la motivación personal, por el tiempo transcurrido.

Paciencia: Una vez conocida o presentida una dificultad a superar, o algún bien deseado que tarda en llegar, soporta las molestias presentes con serenidad.

Optimismo: Confía, razonablemente, en sus propias posibilidades, y en la ayuda que le pueden prestar los demás. Confía en las posibilidades de los demás, de tal modo que, en cualquier situación, distingue, en primer lugar, lo que es positivo en sí y las posibilidades de mejora que existen y, a continuación, las dificultades que se oponen a esa mejora, y los obstáculos, aprovechando lo que se puede y afrontando lo demás con deportividad y alegría.

  
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