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ReportajesCooperación sanitaria en Madagascar II
Antonio Mª Gracia (Jun 01, 2010) Reportajes
(Viene del reportaje anterior) Como veis la Misión era inmensa, porque todavía hay que añadir una Iglesia, un edificio para dormir el personal transeúnte, un comedor grande y las dependencias de las monjas, con una pequeña capilla privada.









También tenían una zona deportiva, con un campo de fútbol, y lo que había sido una cancha de baloncesto. Un gran río limitaba la Misión por detrás, y la carretera de Farafangana por delante.



























Al día siguiente de nuestra llegada comenzamos a pasar consulta para seleccionar los pacientes que íbamos a operar. La selección tenía que ser muy cuidadosa, valorando bien cada caso. El objetivo era operar patologías que fuesen de rápida recuperación y que la probabilidad de complicaciones fuese pequeña, ya que no podíamos irnos dejando casos que requiriesen un seguimiento complicado. Tampoco podíamos meternos en intervenciones complejas que requerían medios que allí no había.

El horario en la Misión lo marcaba el sol: nos levantábamos con él y nos retirábamos a descansar cuando se ponía en el horizonte. Nuestro horario venía a ser el siguiente: A las 5,30h tocaba la campana de la Iglesia. A las seis se celebraba la Santa Misa en la Iglesia de la Misión; a continuación teníamos el desayuno, luego acabábamos el aseo personal y, a las 7,30h, comenzábamos a operar.





El quirófano era grande, y tenía dos mesas; en una operaban los oftalmólogos y en la otra el resto de nosotros, que nos ayudábamos unos a otros. El traumatólogo operaba y le ayudaba la ginecóloga, o al revés. Mientras dos de nosotros operaban, los otros dos pasábamos visita o consulta, ya que el goteo de pacientes no cesaba.







Los oftalmólogos se encargaban una patología que es muy típica de los países africanos y que se adapta muy bien a este tipo de proyectos. Son las cataratas. Su tratamiento es quirúrgico, se hace sin anestesia general, las complicaciones son escasas, y la recuperación es muy rápida. En resumen, una persona que casi no ve, va al hospital y, en 48 horas, sale con unas gafas de sol --que Pablo, uno de los oftalmólogos, les daba de acuerdo con su edad y forma de la cara, de tal manera que estaban mucho más guapos-- y, además, viendo estupendamente. Parece un milagro. Operaron a más de 50 personas.







Los cuatro cirujanos de las otras especialidades también tratábamos de hacer intervenciones que fuesen de una recuperación rápida, como son las hernias inguinales, umbilicales, tumores de partes blandas, pies zambos, hidroceles, etc. En algún caso nos vimos obligados a hacer alguna intervención que estaba en el límite que nos habíamos marcado, como osteomielitis, cáncer de ovarios, tumor abdominal, amputación de pie, y alguna cosa más.





Tuvimos mucha suerte, ya que operamos a más de cien personas, de edades comprendidas entre los cuatro meses y los 82 años, y no hubo complicaciones de importancia. Vimos en las consultas a más de 500 personas y se hicieron casi 200 exploraciones ginecológicas.

Alrededor de las siete de la tarde dejábamos de operar; era el momento de reunirnos todos, intercambiar las experiencias del día, y programar el trabajo del día siguiente. Esta actividad la hacíamos frecuentemente en una especie de bar que se llamaba Tam-Tam y se encontraba en el pueblo que estaba como a dos kilómetros de la Misión. Era el momento de tomarnos unas cervezas y relajarnos.

A las nueve de la noche era la cena. La comida la preparaban las monjas. Era sencilla, pero buena y apetitosa. Siempre, tanto en la comida como en la cena, venía alguna de las monjas y charlaba con nosotros. La superiora era una asidua de estos encuentros; nos preguntaba si necesitábamos algo y se interesaba por nuestro trabajo diario.



Todas las monjas eran nativas, malgaches, excepto la superiora, que era eslovena. El idioma para comunicarnos era el francés. Se notaba que para ellas era una gran satisfacción nuestra presencia allí, en aquel lugar perdido de la geografía de Madagascar.

Después de cenar, algunos días se celebraba una tertulia, que los más mayores solíamos cortar, ya que la campana era impasible a las cinco y media.

Por las mañanas, entre las seis y las siete, más de la mitad del grupo salíamos de la Misión y hacíamos un poco de “footing”. Nos dirigíamos hacia la playa que se encontraba a unos dos kilómetros. Nada más salir de casa, un grupo de niños, que ya nos estaban esperando, se nos pegaba y venía a nuestro lado, pues sabían que al final algo les caía, o simplemente lo pasaban bien con nosotros.





























En la zona que vivíamos había mucha población dispersa. Los niños no estaban desnutridos, eran superalegres e iban descalzos siempre, aunque a muchos les habíamos regalado unas deportivas. Pero su característica más importante era la alegría que tenían. Había uno que lo conocían de viajes anteriores y le llamábamos “el lapita”, por su gran adhesividad: siempre que salíamos nos lo encontrábamos y no nos dejaba hasta volver a casa.

Un domingo organizamos un partido de fútbol con ellos; lo pasamos en grande, y decidimos que el próximo año les vamos a llevar dos equipaciones completas, para darle mayor pomposidad al partido.

Nuestra estancia duró allí tres semanas. La experiencia personal es impresionante. En primer lugar te encuentras con la medicina en estado puro. Los pacientes confían plenamente en ti, y tú les das todo lo que sabes. Nuestra idea es curar lo que podemos, aliviar casi siempre, y consolar siempre. Dentro de esa confianza mutua, el resultado es siempre satisfactorio.

Los momentos más duros son cuando ves que no hay nada que hacer. Ahí es donde nos dan la gran lección. Esa gente pobre, inculta, mal vestida, nos da la lección de la aceptación. Envuelve nuevamente a su niña de tres meses en sus paños multicolores, te da las gracias en su lengua y te despide con una mirada. Mientras tú te quedas dándole mil vueltas a la cabeza, primero desde el punto de vista médico, luego desde el humano. Con qué naturalidad se acepta en Africa la desgracia, la adversidad, la muerte. Es parte de lo cotidiano; no lo sienten menos, es que están más preparados que nosotros. Tratan de poner los medios para combatirla, pero si fracasan, la aceptan.



El momento de la despedida llegó. Invitamos a cenar a todos los trabajadores que habían convivido con nosotros en la Misión, unas 25 personas, e incluso vino una representación de las monjas.

Les dimos algunos regalos de lo último que nos quedaba, lo que llevábamos encima, una camisa, unas botas, un pantalón, etc. Cualquier cosa es bien recibida.



Nos emplazaban para el año que viene y nosotros aceptábamos con una sonrisa, sabiendo que en esta sociedad que vivimos el año que viene está muy lejos.







El viaje de vuelta fue menos festivo que el de ida, más silencioso, meditativo. Todos dejábamos una pequeña parte de nuestra vida en el sur de Madagascar, y nos traíamos unas cuantas lecciones que íbamos asimilando con dificultad. Conceptos que se revuelven dentro de ti, como la felicidad, el amor, la generosidad, etc. Te haces mil preguntas, y algunas no te atreves a responderlas.

Ya hace nueve meses que volvimos. El grupo se ha reunido en dos ocasiones. Parece que todos nos queremos aferrar a aquellas vivencias que tuvimos y que no queremos olvidar.













Ojalá podamos volver al año que viene para poder convivir con la gente que necesita tan poco para ser feliz, pasear con “el lapita” y sus amigos, charlar con las monjas, trabajar con compañeros a los que nos une el hacer las cosas lo mejor posible y con la mejor sonrisa, jugar la revancha del partido, ver a las cinco y media cómo se despertaba el poblado, y cómo el sol se perdía en el mar al atardecer...

Antonio Mª Gracia Velilla

  
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