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Hace 13 añosEl aprendiz de artista
Michel Suñén (Feb 16, 2010) Hace 13 años
Un joven amigo artista me rebatía con vehemencia la otra noche mi concepción del arte, y manifestaba su completo desacuerdo con mi firme creencia de que el arte tiene por objeto la representación de la belleza y que, para ello, los artistas asumen ciertos límites que les ayudan a canalizar su creatividad, la cual se traduce en una hermosa obra inédita, única e insustituible.

La finalidad del arte es plasmar el mundo interior, los sentimientos del artista –afirmó-. Y no digo que no tuviera razón (¡quién soy yo para eso, tan solo un aprendiz de artista!), pero de inmediato acudieron a mi cerebro tres imágenes mentales que me hicieron dudar. Una persona que llora, el puñetazo en la mesa de quien pierde el control y el alarido gutural del que recibe un pisotón. Como todas estas situaciones reflejaban sentimientos pero no me parecían artísticas, deseché su definición. Me resultó paradójico, no obstante, caer en la cuenta de que tanto el llanto, como el puñetazo o el alarido son considerados artísticos en una obra de teatro (arte dramático), cuando se supone que no están reflejando el auténtico mundo interior de los artistas que las interpretan.

Es complicado, realmente, extraer conclusiones claras al respecto. Por ejemplo, hay quienes afirman que el arte no existe sino en forma de gustos, modas y convencionalismos. Si el arte es cuestión de gusto, entonces… ¿del gusto de quién? Si a mi me deja indiferente contemplar un cuadro de Gauguin, o si no consigo “enamorarme” de la Danza Húngara de Brams cuando la escucho, ¿han dejado de ser obras de arte? Si es cuestión de gustos… ¡cualquier engendro puede convertirse en arte!: desde eructar en público hasta destrozar la Traviata voceándola en la ducha.

Y, hablando de gustos, ¿qué pasa con las críticas? Todo artista debe acostumbrarse a ellas, y ésta no son siempre favorables, ni justificadas, ni oportunas, ni siquiera amables. Pero todas sin excepción, resultan enriquecedoras. Les contaré una anécdota: al finalizar mi segunda obrita literaria (un breve cuento filosófico titulado Si muerte muriera) pedí a varios expertos que la valoraran. Quedé perplejo: algunos la consideraban fascinante, otros valiosa y, el resto, pretenciosa (por fortuna fueron pocos). Habían leído el mismo cuento, así que ¿Quién tenia razón? Realmente… ¡todos! –por eso aprendí tanto-, así que aún no sé si el texto es o no es artístico. En fin que el arte no puede ser cuestión de gustos, como el aliño de una ensalada o la compra de un batín, y tampoco puede serlo de modas o convencionalismos.

Si el arte persigue la representación de la belleza… ¿qué pasa con los autores vanguardistas? ¿O es que no son artistas? –me espetó mi joven amigo. No respondí durante nuestra conversación, pero ahora intuyo que se dedican a buscar nuevos y mejores caminos de expresión de la belleza. ¡Y a veces lo consiguen!

¿Una conclusión? Que el verdadero artista es sensible, observador, escrupuloso y trabajador, y que es feliz alejado del mundo terrenal. Ah, bueno, y que en estos momentos puedo afirmar con absoluta sinceridad que sigo sin saber qué narices es el arte.

(Pensaba terminar mi artículo así. Pero a última hora se me ha ocurrido una idea que puede parecer estrafalaria, o absurda, pero que a mí me ha reconfortado: quizá no se precisa saber pintar, esculpir, escribir, rimar o interpretar para ser un verdadero artista.¿No es posible que lo sea cualquier persona capaz de conseguir un hijo, capaz de saborear el aroma nocturno del mar, capaz de escuchar disfrutando las historias de un anciano, capaz de llorar al reencontrarse con un amigo de la infancia…? Desde esta perspectiva, el arte estaría dentro de cada uno de nosotros y sólo deberíamos permitirle fluir con libertad, para convertirnos en artistas.

A mí me seduce la idea ¿Qué les parece a ustedes?

  
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