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Hace 13 años“Resistiré”
José Alfonso Arregui (Feb 09, 2010) Hace 13 años
Hace más de 700 años, el asombroso talento de Santo Tomás de Aquino dedicó una parte importante de sus esfuerzos a recuperar y potenciar el legado filosófico de Aristóteles. Uno de los aspectos que el sabio griego estudió con más profundidad fue el de las virtudes humanas, y Santo Tomás recogió sus reflexiones y elaboró su propio edificio conceptual sobre estos “hábitos operativos buenos”.

Hoy quería fijarme en una distinción que el aquitanense hizo al hilo de su exposición sobre la virtud de la fortaleza.

Para él, este valor tiene una doble dimensión: resistir y acometer. Acometer supone ser audaces, valientes, atrevidos, “lanzados”… Se trata de la dimensión activa de la fortaleza; acometer proyectos, decisiones o iniciativas requiere ser fuertes, tener energía suficiente para llevarlos a cabo, ser capaces de comprender lo que resulta costoso, venciendo las resistencias del cuerpo a ser movido, de las cosas a ser movidas, y el disgusto de algunos al presenciar nuestro movimiento y el de las cosas que movemos. Quizá por este motivo, la fortaleza era una de las virtudes que más celebraba la antigüedad clásica, que se manifestaba en la mitología y en la literatura cuando narraban las vidas de los héroes griegos, como en la Iliada o en la Odisea, de Homero. Audaces fortuna iuvat: a los audaces les ayuda la fortuna, rezaba el aforismo clásico.

Pero, en nuestros días, todavía me parece más urgente cultivar la dimensión pasiva de la fortaleza: el resistir. Pienso que a nuestro alrededor, especialmente entre la gente joven, abundan los comportamientos “merengues”, sin consistencia, sin capacidad de encajar golpes o de aguantar situaciones persistentes de signo negativo. ¡Con qué frecuencia asoma a los labios la queja¡: “Tengo hambre…”, “Tego frío…”, “tengo sed…”, “me canso…”, “me aburro…”, “no le aguanto…”, “no me apetece…”, “no sigo…”, “pesa mucho…”, ”cuando paramos…”, ”hoy no me quiero levantar…”. A veces, da la sensación de haberse producido una epidemia de “niños mimados” y de “niñas mimadas” a los que todo les parece mal, todo les molesta, todo les hace sufrir mucho… y nada hacen por evitarlo.

Evidentemente, no se busca llegar ala ataraxia griega, a la indiferencia absoluta ante el bien y el mal. Tampoco se pretende educar en la resignación y el apocamiento de carácter.(Imaginar estas cosas supone no entender qué quiere decir aprender a resistir). Más bien de lo que se trata es de impedir que las contrariedades de la vida paralicen o distraigan nuestros esfuerzos, que no generen en nosotros un miedo irracional al esfuerzo y al sacrificio. Se ha dicho que las guerras las ganan los soldados cansados. Pues que no nos escandalicemos de tener que estudiar o trabajar también cansados, o un poco enfermos, o sin ganas, o en condiciones objetivamente insuficientes…

Hace muchos años, en un campamento en el que aprendí muchas cosas, muchísimas cosas, una de las consignas que nos explicaban los monitores afirmaba: “lo que vale, cuesta”. Y he podido comprobar, en infinidad de ocasiones, que esto siempre se cumple, sin excepción. Es necesario exigirse, porque nada serio se puede hacer en esta vida sin esfuerzo personal; es necesario arrastrar el cuerpo, y vencer su tendencia a la horizontal; porque si está corriendo, quiere ir andando; si andando, quiere pararse; si de pié, busca el asiento; y si sentado, prefiere tumbarse. El título de este artículo es el de una vibrante canción del Dúo Dinámico, cuya letra siempre me ha gustado mucho (igual que la música); dice una de las estrofas: Resistiré, para seguir viviendo. Soportaré los golpes y jamás me rendiré, y aunque los sueños se me rompan en pedazos.

Resistiré… resistiré…

  
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