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Hace 13 añosEl sida
José Alfonso Arregui (Jan 14, 2010) Hace 13 años
En un reciente congreso internacional celebrado con motivo del Día Mundial del Sida, el director de ONUSida, Peter Piot, exponía que la epidemia, lejos de frenarse, estaba acelerando su desarrollo, e insistía en el uso del preservativo como la única solución eficaz a corto plazo. En rueda de prensa posterior, uno de los periodistas le preguntó si las sociedades con valores sociales conservadores eran más seguras al respecto.

Piot respondió: Evidentemente, si todo el mundo practicara la abstinencia o la monogamia, un virus como el VIH no tendría ninguna oportunidad. Pero mi trabajo no tiene que ver con la moral. ¿Recomendar el preservativo es una cuestión exclusivamente científica? ¿No fomenta el exceso de velocidad fabricar los automóviles con motores más potentes? Si se considera imposible que un hombre sea fiel a una mujer, ¿Es más realista pretender que no traicione al preservativo por ningún concepto?

Un amigo mío decía, con mucha gracia, que si se hubiera demostrado que el SIDA se propagaba con rapidez en las iglesias, la solución hace tiempo que estaría tomada: ¡A cerrarlas! Sin embargo, ¡oh, paradoja! Cuando resulta que son las conductas homosexuales, heterosexuales y de drogadicción las que favorecen su contagio, nada de “cerrarlas”, nada de plantarse su erradicación; hay que devanarse los sesos para que se puedan seguir practicando, sin riesgos para la salud. Es al afán frenético en pos del “sexo seguro”.

Luc Montaigner, virólogo francés que descubrió el virus del SIDA, dijo en una ocasión que la promiscuidad y el libertinaje sexual eran las condiciones de desarrollo del virus, y que los excesos se pagan siempre: No se puede ir todos los días –decía a la periodista de La Vanguardia- a comer y cenar a un restaurante de cinco tenedores porque acabaremos con una cirrosis o una indigestión. Para erradicar el virus, él veía necesarias campañas contra prácticas sexuales contrarias a la naturaleza biológica del hombre, especialmente contra el “vagabundeo” sexual juvenil. Y éstas declaraciones me recordaron la contestación de aquel viejo obispo francés al que le pidieron su opinión sobre la enfermedad: Mire, Dios perdona siempre; los hombres algunas veces, la naturaleza, nunca.

Efectivamente, la naturaleza no perdona. No podemos evitar los efectos de nuestras decisiones y actuaciones. Stephen Covey, en su apasionante libro Los siete hábitos de la gente eficaz, explica esta verdad con un ejemplo sencillo y, por eso, muy elocuente; él afirma que cuando se levanta un palo del suelo, también se levanta el otro extremo. Hay que asumir las consecuencias de nuestros actos, que es lo que realmente nos diferencia de los animales y nos hace más personas.

Algunos sectores recomiendan la abstinencia como solución al problema del SIDA: animemos a las personas a no utilizar indiscriminadamente el sexo para su mera satisfacción física y habremos cerrado una de las principales fuentes de propagación de la enfermedad. En una simpática campaña de publicidad estatal que llevó a cabo el gobierno de Costa Rica, junto a una foto de dos corderitos, se leía Luchemos contra el Sida: cada oveja con su pareja. Insistir en la importancia del esfuerzo educativo para promover, entre jóvenes y menos jóvenes, una visión de la sexualidad más acorde con la dignidad humana como requisito para una conducta sexual responsable. El ideal de vida que supone que un hombre y una mujer se entreguen mutuamente, en cuerpo y alma, con fidelidad y sin reservas, es una apuesta arriesgada, pero sólo este “sexo inseguro” protege el amor y, de paso, la salud.

  
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