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Hace 13 añosPensando un poco
José Alfonso Arregui (Jan 08, 2010) Hace 13 años
Alguien definía la vida como un cuadro en el que el juego de las luces y de las sombras permite percibir mejor el volumen de las cosas y el valor de las zonas iluminadas. Hace algunos días contemplé una situación que me produjo un fuerte impacto; y era uno de esos claroscuros de la vida, en los que las luces destacan poderosamente porque están rodeadas de las sombras, otras cosas que no son tan buenas…

Eran las ocho de la mañana de un domingo soleado, aunque algo frío, del mes de septiembre. Yo me dirigía a buscar a un amigo para ir de excursión, y mientras esperaba en un semáforo, en este breve espacio de tiempo en el que la espera invita a observar a tu alrededor, me fijé en dos grupos de jóvenes que tenía en la acera de la derecha. El primero lo componían dos chicos y una chica sentados en el portal de una casa, al lado de una discoteca que cerraba a esas horas. La verdad es que decir que “estaban sentados” es una expresión muy benévola, por que daban la sensación de no tener esqueleto en el que sustentarse; parecían como marionetas a las que les han cortado los hilos y han caído de cualquier manera al suelo. A pesar de llevar poca ropa, no reaccionaban al fresco de la mañana, y las manchas de cerveza y sudor revelaban con claridad en qué habían empleado el tiempo durante las últimas horas.

Pensé, con tristeza que la “chispa” con la que empezaron la noche había desembocado en fuego devorador por efecto del alcohol y las pastillas, y que ahora sólo quedaba una ceniza fría y sin valor que el viento iba dispersando hasta deshacer toda su identidad. Que la “movida” les había engañado otra vez, prometiendo diversión y felicidad a bajo coste, y entregando tristeza y soledad. Me confirmó todo esto ver sus ojos vidriosos en el vacío, sin vigor ni esperanza, quién sabe si también en un viaje sin retorno…

Al mismo tiempo, el segundo grupo, formado por dos chicas y dos chicos, caminaba por esa acera pasando por delante de los anteriores. Y del mismo modo que la imagen fotográfica arranca un instante a la realidad y lo transforma en eterno, mi retina paró el tiempo y me dio la oportunidad de comparar para poder extraer el jugo que ésta experiencia encerraba. Estos jóvenes iban en chándal, con paso decidido y una sonrisa en los labios, intercambiando bromas en torno al tamaño de la nariz de uno de ellos. Se dirigían a una exhibición de Kárate; lo sé porque en el chándal lo ponía y aparecían las fechas. Los vi llenos de vitalidad, derrochando optimismo y buen humor, conscientes de su papel y de lo que querían hacer.

También me conmovió ver que, detrás de ellos, a un grupo de niñas y niños pequeños, uniformados deportivamente, que se fijaron en aquellos “colgados” del portal. Pero siguieron su paso, pendientes de sus monitores y locos de alegría por lo que iban a vivir esa mañana. Sus miradas no eran vidriosas, ni andaban como perdidos, iban limpios y se les veía dueños de sí mismos, como imitando el ejemplo de aquellos que les precedían. Todo esto sucedió en pocos segundos, como una instantánea fugaz que apenas te da tiempo para reparar en ella. El brutal contraste de unos y de otros, me vino a la cabeza eso de que la vida es un cuadro de fuertes claroscuros, de luces y sombras, que permiten apreciar mejor el valor de las cosas y de las existencias con verdadero sentido.

  
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