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Historia SagradaEncuentro de José con sus hermanos
Ángel de Miguel (Oct 09, 2008) Historia Sagrada
Llegó el hambre con la esterilidad y carestía que José había anunciado; pero gracias a su previsión como ministro, Egipto se vio libre de sus consecuencias. Como eran tan abundantes las reservas que se habían acopiado, después de atender las necesidades del pueblo, aún se podía vender trigo a los extranjeros que lo solicitaban. Así, sabiendo Jacob que vendían trigo en Egipto, mandó allá a sus hijos a excepción de Benjamín, el más pequeño, que se quedó en su compañía.

Cuando los hijos de Jacob llegaron a Egipto, entraron en presencia de José sin conocerle; este, por el contrario, los reconoció al momento, pero él no se dio a conocer. Les habló con sequedad y les dijo: “¿De donde venís?” Dijeron:” De Canaán para comprar víveres.” José entonces se acordó de aquellos sueños que había tenido respecto a ellos, y les dijo: “Vosotros sois espías, que venís a ver los puntos desguarnecidos del país.” Contestaron: “No, señor: Tus siervos han venido a proveerse de víveres. Y somos gente de bien. Somos doce hermanos, hijos de un mismo padre del país cananeo. Solo que el menor está actualmente con nuestro padre, y el otro no existe”. – Para asegurarme de la verdad de lo que decís, replicó José, voy a quedarme con uno de vosotros detenido en prisión mientras los demás hermanos vais a llevar el grano que tanta falta hace en vuestras casas. Luego me traéis a vuestro hermano menor. Entonces comprobaré que son verídicas vuestras palabras y no moriréis”. Simeón se quedó de rehén, y los otros, después de cargar el trigo que les dio José, se volvieron a casa tristes y contaron a Jacob lo que había sucedido. Pero fue grande su sorpresa cuando, al desatar los sacos, encontraron en ellos, el dinero que había entregado en pago del trigo.

Como seguía la tierra sin producir nada y se acababan las provisiones Jacob pidió a sus hijos que volvieran a Egipto para comprar provisiones. Judá le respondió: “No podemos ir, a menos que Benjamin venga con nosotros, porque el ministro del faraón nos mandó terminantemente que se lo llevásemos. –José ha muerto, replicó gimiendo Jacob, Simeón está cautivo ¡Y queréis quitarme a Benjamin! ¡No, no; este hijo no se separará de mí! Insistió Judá en la necesidad absoluta de esta separación momentánea, prometiendo tener especial cuidado del joven, y Jacob acabó por acceder, diciéndoles: Tomad doble cantidad de dinero que en el primer viaje, y devolved aquel otro que os encontrasteis en los sacos, y que sin duda pusieron ellos por equivocación. Tomad también algunas frutas y perfumes de lo mejor que se produce en nuestro país, para obsequiar a ese ministro tan suspicaz. ¡Quiera Dios omnipotente hacéroslo propicio y que volváis sanos y salvos, con Simeón y Benjamín a los brazos de vuestro padre!

Marcharon, pues, los hijos de Jacob, y, así, que llegaron a Egipto, se presentaron de nuevo a José, y postrados en tierra le ofrecieron sus presentes. José los recibió con cariño, les permitió ver a su hermano Simeón, y luego les preguntó: Vuestro padre, ese buen anciano de quien me hablasteis, ¿vive aún?, ¿está bueno? Contestaron ellos: Nuestro padre, servidor vuestro, vive y está bien. –Este es, sin duda, añadió José, señalando a Benjamin, el hermano menor que debíais traerme. Si señor él es. –Hijo mío, le dijo José, que Dios te guarde y te sea propicio!- Tuvo que salirse enseguida de la habitación donde se hallaba, porque no podía dominar ya su emoción a la vista de aquel joven, que era, como el mismo, hijo de Raquel. A los pocos momentos volvió donde estaban sus hermanos y les invito a comer, causándoles gran extrañeza.

Después de la comida, llamó José al mayordomo y le dijo: Llenad de trigo los sacos de estos hebreos, poniendo en ellos su dinero, como hicisteis en el primer viaje; además, ocultaréis mi copa de plata en el saco del más joven. Todo se hizo como José había ordenado. Al día siguiente al despuntar el alba, marcharon contentísimos los once hermanos; pero cuando se hallaban aún a corta distancia de la ciudad, vieron llegar, corriendo tras ellos, al mencionado mayordomo, que los detuvo y reconvino por haber robado la copa de su señor. Todos protestaron enérgicamente que eran inocentes; pero al registrar los sacos se halló la copa en el de Benjamín.

Llenos de pena y de temor, los hijos de Jacob comparecieron ente el ministro, que les dijo: ¿Por qué me habéis devuelto mal por bien? –Señor, respondió Judá, ninguno de nosotros ha hurtado vuestra copa, pero las apariencias nos condenan, y podéis hacernos a todos esclavos vuestros si queréis. –No todos, replicó el ministro, sino solamente aquel en cuyo saco ha sido hallada la copa; los demás podéis marcharos libremente.

Tomando de nuevo la palabra Judá, se expresó en términos tan vivos y conmovedores sobre la pena que causaría a su anciano padre si volvían sin Benjamín, su amadísimo hijo que, no pudiendo resistir más tiempo, José exclamó: ¡Yo soy José, vuestro hermano! Y viendo que ellos se quedaban atemorizados, les dijo cariñosamente: Acercaos a mí y no tengáis ningún cuidado, pues sin duda para bien vuestro permitió Dios que yo fuese traído a este país.

Dicho esto abrazó a Benjamín, estrechándole largo rato contra su pecho, con abundante efusión de lágrimas; abrazó también con cariño a los demás hermanos, llorando sobre cada uno de ellos, y después añadió: Daos prisa en ir por mi padre para que venga a vivir a Egipto, pues yo haré que se os dé tierra que tenga abundantes pastos .Apresuraos y traédmelo aquí.

  
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