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Conocer el Islam"Andalusidad" frente a "Berberidad"
Mª Pilar Zaldívar (May 29, 2008) Conocer el Islam
En uno de los artículos precedentes, escribí sobre la diversidad de la población andalusí, tanto en lo referente a su procedencia como a sus prácticas religiosas. Cristianos, judíos, musulmanes, muladíes, mozárabes, árabes y berébes formaban parte de una única sociedad y compartían una sola cultura: la andalusí.

La existencia y coexistencia de todos estos grupos dio lugar a la identidad andalusí, un sentimiento particularista que no se logró rápidamente, hubieron de pasar años y siglos hasta que los andalusíes tomaron conciencia de serlo. Según Levi-Provençal, entre los andalusíes existía “no una conciencia nacional -pues este término es demasiado preciso y resultaría anacrónico-, pero sí el concepto, más o menos vago, de una cohesión, de una comunidad de aspiraciones y gustos, de una atadura al medio geográfico, y acaso también de un repliegue sobre sí misma, no muy distante del particularismo. Tales tendencias serían oscuras en su inicio; pero poco a poco debieron de tomar cuerpo (…).

El hispanomusulmán, por lo menos desde mediados del siglo X, parece haber cobrado conciencia de su personalidad. Aunque étnicamente proceda del Magrib o de Oriente, constituye un tipo aparte. Es un `andalusí´ definitivamente arraigado en el suelo de la Península”.

Efectivamente, al-Andalus sufrió un proceso de homogenización por el que llegó un momento en el que las diferencias étnicas y religiosas se diluyeron. Los andalusíes cobraron conciencia de serlo y llegaron incluso a enorgullecerse de ello.

En este sentido se pueden citar varios testimonios, pero he seleccionado dos que me parecen especialmente significativos porque se producen en momentos aparentemente propicios para que desapareciera esa idea de unidad. Así, Ibn Hazm, que vivió en los tiempos de mayor disgregación política de al-Andalus (final del califato, guerra civil y comienzo de las taifas), dice en un tono muy poético: “Perdóname, pues, que no traiga a cuento las historias de los beduinos o de los antiguos, pues sus caminos son muy diferentes de los nuestros.

Podría haber usado de las noticias sin número que sobre ellos corren; pero no acostumbro a fatigar más cabalgadura que la mía ni a lucir joyas de prestado”. De este modo, se muestra ligado a esa tradición, pero diferente a ella.

Said al-Andalusí unos años más tarde, en 1068, en pleno periodo de las taifas, cuando al-Andalus había perdido su unidad política, presentó al-Andalus como una unidad cultural.

En su obra Tabaqat al-Umam clasifica las naciones en función de las ciencias que en ellas se han practicado, así habla de “la ciencia en India, en Persia, entre los caldeos, entre los griegos, entre los rum, entre los egipcios, entre los israelitas y entre los árabes” y en estos últimos diferencia entre “Oriente y al-Andalus” poniendo de manifiesto que, aunque hay vinculación entre ellos, son universos diferentes.

Esta conciencia de “andalusidad”, tal y como la ha llamado María Jesús Viguera, estaba formada por “lo autóctono, más lo árabe y lo bereber”, sobrevivió al periodo de las taifas y se vio aún reforzada por la llegada de los almorávides. Si el feudo de ese concepto de la “andalusidad” era la Península, los almorávides, extranjeros que venían de fuera, encarnaban el concepto de “berberidad” y ambas identidades chocaron saliendo reforzadas.

Una vez instalados los africanos en la Península, no llegaron a fundirse con la población autóctona porque, en palabras de Helena de Felipe, “el espacio de tiempo compartido por ambas poblaciones no resulta ser el suficiente para un proceso de homogenización entre ellas, ya que es demasiado breve y condicionado por los sentimientos de dominador y dominado en ambas partes” y, además, los africanos fueron percibidos como usurpadores, ya que “fueron los detentadores de un poder para el que el pueblo andalusí no los consideraba capacitados tanto por su ignorancia como por su falta de prestigio étnico y genealógico”.

  
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