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Historia SagradaDispersión de los hombres: La torre de Babel
Ángel de Miguel (Apr 11, 2008) Historia Sagrada

Los hijos de Noé que salieron del arca eran Sem, Cam y Jafet. Cam es el padre de Canaán. Estos tres fueron los hijos de Noé, y a partir de ellos se pobló toda la tierra. Noé se dedicó a la labranza y plantó una viña. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, cogió unos racimos, y del jugo de las uvas hizo vino. Noé, que no sabía lo malo que es beber mucho vino, se embriagó, y se quedó dormido completamente desnudo. Cam, al verle así, comenzó a burlarse de su padre. Llamó a los otros dos hermanos para que se rieran también; pero ellos, más respetuosos, lo cubrieron con una capa sin mirarle. Cuando Noé se despertó y se enteró de lo que había pasado, bendijo a Sem y Jafet, y maldijo a la raza de Cam, condenándola a vivir en la esclavitud.

Con el tiempo se multiplicaron mucho los descendientes de Noé, y se fueron extendiendo por los territorios vecinos a Armenia. Los hijos de Jafet o jafetitas, poblaron la Media, Persia, Asia Menor, las islas del Mediterráneo Oriental, Grecia, Tracia, la región del Caúcaso y las costas del Mar Negro, hasta Crimen, desde donde se extendieron por Europa. Los camitas se establecieron, principalmente, en las cuencas del Tigres y del Éufrates, en las costas del golfo Pérsico, en el país de Canaán, en Egipto, Abisinia y Libia. También los semitas bajaron, a su vez, de la región montañosa de Armenia, y después de vencer a los camitas que habían fundado los reinos más antiguos de Sumeria y Babilonia, se establecieron en la llanura de Senaar, entre el Tigres y Éufrates.


La fertilísima llanura de Senaar, desprovista por completo de piedra de construcción, poseía arcilla de excelente calidad para hacer ladrillos. Establecidos ya en ella los hijos de Sem, aumentando tanto sus familias que se vieron precisados a extenderse por otros países. Antes de separarse, quisieron levantar un monumento que fuera testimonio de su poder; y, al efecto, se dijeron unos a otros: Venid, hagamos ladrillos, los cocemos al fuego y edifiquemos una ciudad, y una torre que llegue hasta el cielo para hacer célebre nuestro nombre antes que nos separemos. Pusieron manos a la obra, y cuando el edificio llegó a gran altura, confundió el Señor el orgullo de aquellos hombres, y para que no creciera su soberbia introdujo tal diversidad de lenguas entre ellos, que, no pudiendo entenderse, se vieron obligados a dispersarse, sin haber llevado a cabo la empresa. La torre que dejaron sin acabar se llamó Babel, porque allí embrolló Dios el lenguaje de todo el mundo, y desde allí los desperdigó Dios por toda la faz de la tierra.

Dispersados así los hombres, se perdieron pronto las tradiciones primitivas, mezclándose con fábulas más o menos acertadas. Cegados por las pasiones, tributaron los honores de la divinidad a sus reyes, a los guerreros más notables, al Sol, a la Luna, a estatuas y a las criaturas más pintorescas; de modo que la idolatría llego a ser casi universal. En la descendencia de Sem (familia de Arfaxad) se conservaron el conocimiento y la práctica de la verdadera religión.

Dios, que había determinado enviar al mundo el Redentor prometido en el Paraíso terrenal, se escogió un pueblo que fuese fiel a su doctrina. De dicho pueblo nacería el Salvador del mundo. El padre de ese pueblo escogido por Dios fue Abrahán. El Señor se le apareció y le dijo: Sal de tu país, deja a tu familia y ve a la tierra que te mostraré. Obediente, Abrahán se puso en camino con su mujer, sus sirvientes, su sobrino Lot y los ganados. Llegó hasta las fértiles llanuras de Canaán, que luego se llamaron Palestina o Judea.

  
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