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NacionalEl PSC ha perdido más de 600.000 votos por su deriva soberanista
Redacción (NJ) (Sep 19, 2013) Nacional
Incapaz de articular un discurso vigoroso y coherente, bien sea en defensa de la unidad de España -como reclaman los sectores más cercanos al PSOE-, bien sea en defensa de la «transición nacional» -como reclama el minoritario pero muy activo sector catalanista-, el PSC de Pere Navarro aparece desdibujado, tan difuso como la propuesta de reforma federal de la Constitución que se señala ahora como pócima universal.

Siempre se puede caer un poco más abajo. Cuando en 2010, tras la experiencia del tripartito, el PSC de José Montilla era barrido por CiU y obtenía su peor resultado en unas elecciones catalanas -(18,3%) de los sufragios, 28 diputados-, todos los analistas coincidieron en un punto: el partido había tocado fondo. Nadie imaginaba que apenas dos años después, sacudida la política catalana por el «tsunami» soberanista desatado por Artur Mas, el PSC, el partido que más poder ha llegado a acumular nunca en Cataluña, una máquina de ganar elecciones y ocupar cargos, acabaría desplomándose hasta ser la tercera fuerza del Parlamento catalán, un puesto aún generoso respecto al que es ahora en realidad el verdadero papel e influencia de la formación en Cataluña.

En un momento en el que en Cataluña no hay lugar para el matiz -esa «tercera vía» que invoca como un mantra el socialismo catalán-, el PSC se ve arrojado a la que es su crisis más profunda: crisis de liderazgo, crisis de identidad y desalojado de las principales instituciones.

Si en 2010 se aseguraba que se había tocado fondo, tras las autonómicas de noviembre los mismos analistas que erraron entonces ya no se atreven a hacer el mismo pronóstico. Sin ir más lejos, la última encuesta electoral hecha pública, coincidiendo con la Diada, situaba al partido de Navarro no como tercera fuerza del Parlament sino como quinta, superado por CiU, ERC y hasta por ICV y Ciutadans, el partido que mejor ha sabido capitalizar desde el flanco del «unionismo» el ausentismo del PSC.

Ciertamente, los más veteranos militantes socialistas, los que vieron cómo tras la transición una CiU que no contaba en los pronósticos entraba en el Palau de la Generalitat para no abandonarla durante años, se frotan los ojos ante el desplome de una formación que sigue cayendo en barrena, incapaz de amoldar su discurso a un periodo sincopado, marcado por la irrupción del independentismo.

Nada que ver con los largos años del pujolismo, en los que Cataluña parecía vivir bajo los efectos de una triple infusión de adormidera. Jordi Pujol fue como un narcótico electoral en Cataluña, donde los papeles entre los dos grandes partidos estaban perfectamente repartidos, sin apenas variación año tras año: CiU ostentaba el poder autonómico, el local en los pequeños municipios e influencia en Madrid cuando PP y PSOE no gobernaban con mayoría, mientras que el PSC dominaba con puño de hierro la Barcelona metropolitana, las cuatro capitales de provincia y ganaba de forma invariable las elecciones generales en la comunidad. Un equilibrio de fuerzas natural, cómodo para todos.

Para desgracia del PSC, sus años de mayor fuerza, de más apoyo popular, no casan con los de su entrada en la Generalitat, en 2003, cuando ya el partido comienza a dar muestras de fatiga. Muchos analistas coinciden, y en el partido se reconoce, que las de 1999 fueron unas eleciones clave. Ese año, un Pasqual Maragall en plenitud obtiene el 37,7% de votos y 52 diputados, pero la ley electoral lleva a que CiU, con menos sufragios, saque 56 actas: son los estertores del pujolismo. En 2003, Maragall se deja casi 200.000 votos y seis puntos porcentuales, pero sumando sus 42 escaños a ERC e ICV es elegido presidente.

La historia es más o menos conocida: Pacto del Tinell, tripartito, elaboración del Estatuto... Maragall, ahora ya exmilitante del PSC, no acabaría la legislatura. Desde entonces, el PSC inicia el declive. José Montilla logra en 2006 revalidar el tripartito, pero cada vez más debilitado. Se acercaba el gran vuelco: confirmado en las autonómicas de 2010 (CiU regresa al Palau), las locales de 2011, cuando el PSC pierde Barcelona, Gerona, Badalona... y las generales de 2011, segunda fuerza.

Desde entonces, un partido a la deriva: apuesta por el derecho a decidir pero soberanistas de incógnito; antiindependentistas pero incapaces de sumar fuerzas con el PP. Un partido que no encuentra su lugar, tampoco su suelo electoral.

  
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