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MúsicaVerdi también fue español
Fuente La Razón (Mar 08, 2013) Música
El mundo brinda por el año Verdi, pero los españoles tenemos algo más que celebrar. Tras inspirarse en García Gutiérrez para «Trovatore» y «Simon Boccanegra», bebería del Duque de Rivas. El 10 de noviembre de 1862 se estrenaba en el Teatro Italiano de San Petersburgo una nueva ópera de Verdi que encerraba una historia con buena parte de ella ubicada en el otro extremo de Europa: Sevilla. Curioso que «La fuerza del destino» fuese la elegida para el zar Alejandro II.

Ante este argumento español, la empresa concesionaria del Teatro Real, entonces dirigido de forma privada, negoció con Ricordi, el editor de Verdi, la presencia en Madrid del compositor para dirigir el estreno local. Verdi no lo dudó, quizá deseando conocer directamente tanto el país como una música que le atraía y por la que se verían influenciadas antes y después de «Forza» varias de sus obras. Así, en el coro de toreros de «Traviata» encontramos el ritmo de tres por cuatro, muy del polo andaluz, que diseñó Manuel García para «Yo que soy contrabandista». En «Vísperas sicilianas» introdujo nada menos que un bolero, dificilísimo de cantar por cierto para la soprano, y en «Don Carlo» la princesa de Éboli entonará la «Canción del velo», otro tema relacionado con el polo.

La pareja Giuseppe Verdi y Giuseppina Strepponi pasó el invierno en París y, justo dos meses después de aquel estreno, el 10 de enero de 1863, llegaban ambos a Madrid para participar en los ensayos de la misma obra. Se alojaron en la Casa Castaldi, una fonda junto al Real, en el hoy número 6 de la Plaza de Oriente, un lugar en el que solían parar muchos de los artistas italianos que actuaban en el teatro. Las crónicas cuentan que los ensayos no fueron especialmente buenos, hasta el punto de que el propio compositor escribiría: «Nada salió bien, no podemos esperar un éxito. Los coros, la orquesta y los decorados son magníficos; todo lo demás es un desastre». El reparto estaba formado por la soprano francesa Anne Caroline Lagrange, el tenor Fraschini, que era uno de sus favoritos, el barítono Giraldoni, el bajo Cotogni y Emilia Méric-Lablanche.

La primera representación se dio el 21 de febrero, hace ahora 150 años, y se ofrecieron 13 funciones, lo que da idea de la inmensa popularidad que tenía el género en el reducido Madrid de entonces. Según cuenta Subirá en su libro, asistieron Isabel II, Pedro Antonio de Alarcón, Rosalía de Castro y el propio Ángel Saavedra. Parece que al noble no le gustaron nada los cambios que realizó en su obra el libretista Francesco María Piave, quien cuatro años después se volvería loco, pero las funciones resultaron un éxito. La crítica alabó especialmente la viveza de la música.

El compositor y director se concentró en los ensayos, en los que, como hemos dicho, todo parecía ir mal, y no quiso participar en demasiadas reuniones sociales, hasta el punto de no contestar la nota de Barbieri solicitando saludarle, pero, en cambio, sí tuvo tiempo de posar para el fotógrafo Jean Laurent y dejar los casi únicos testimonios gráficos que quedan hoy de su visita. Verdi le escribió, poco tiempo después, para pedirle información sobre temas musicales españoles para «Don Carlo» y Barbieri vengó la afrenta contestando al emisario: «Tengo la satisfacción de manifestarle que poseo todo cuanto Verdi puede apetecer de este género, como ve usted aquí. Pero haga el favor de decirle que no me da la gana de facilitarle nada».

A finales de mes partieron para Granada, donde fueron recibidos por el barítono Giorgio Ronconi, el primer Nabucco, que vivía allí su retiro, y donde incluso había fundado una escuela de canto de corta vida a causa de desidias y envidias. La Alhambra es lo que más impresionó a Verdi en su estancia española. Viajaron luego a conocer la Mezquita de Córdoba y el 1 de marzo llegaron por tren a Sevilla, donde visitaron el Alcázar, la Catedral, el Museo de Bellas Artes, cuyos Murillos les impresionaron, y la fábrica de lozas de La Cartuja que había puesto en marcha el industrial inglés Charles Pickman, quien fue su anfitrión en una ciudad que no logró ponerse de acuerdo para agasajarle con una velada que uniese su música con la local.

Se alojaron en lo que hoy es el Hotel Inglaterra, en Plaza Nueva. ¿Vería la Plaza del Altozano, en Triana, donde se sitúa el palacio del marqués de Calatrava de la «Forza»? No nos queda constancia, pero es probable. De allí a Jerez de la Frontera, donde compró un barril de vino que se llevó a Italia, y llegó mareado a su casa de Santa Ágata, a Cádiz y vuelta a Madrid para conocer Toledo y el Monasterio de El Escorial. «Severo, terrible, como el feroz soberano que lo construyó», escribiría. Quizá salió de allí tan impresionado que le llevó a que su siguiente ópera, dada a conocer cuatro años más tarde, fuese «Don Carlo».

La conmemoración del bicentenario de Verdi abrirá este septiembre la nueva temporada del Gran Teatro del Liceo de Barcelona. El coliseo apuesta por una programación en la que se mezclan los grandes nombres de la lírica con la recuperación de algunos de los títulos míticos para su público, con clásicos de Wagner, Händel, Puccini o Falla, además de recitales y espectáculos de ballet. Todo ello se hace con un presupuesto extremadamente ajustado, unos 39,3 millones de euros –3 millones menos que la temporada actual– que ha obligado a que se reduzca el número de funciones y títulos.

Gonzalo Alonso

  
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