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Cultura para JóvenesDe la City de Londres a Tanzania
Redacción (NJ) (Jan 16, 2013) Cultura para Jóvenes
María Carpio dejó un trabajo muy bien pagado. Se ha ido a África y ha fundado su propia ONG. Ha montado una fábrica, una escuela y un dispensario médico. Hace cuatro años María Carpio decidió dejarlo todo, incluido un puesto de trabajo muy bien pagado en Londres y dedicar su vida a los masais de Tanzania.

Hoy es ya la masai blanca. “Ganaba dinero, ganaba bien, pero ni siquiera lo disfrutaba”.

¿Ahorrabas por ahorrar? “Sí, y por darle a mi padre la alegría de ver lo que ganaba”. La cuenta corriente engordaba. “No me había casado ni tenía novio, parecía claro que Dios no me quería para fundar una familia; y estar toda mi vida en Londres no me motivaba”. Salió de UBS con muchas ideas de negocio en la cabeza. Viajó al Kilimanjaro. “Ahí es donde hice clic”.

Conocía Tanzania de un viaje. Sabía sus problemas. “Ya había organizado rifas e historias para Tanzania cuando estaba trabajando”. Le ofrecieron en una ONG un sueldo de 2.500 euros al mes. Lo rechazó. “Era para estar en oficina; lo rechacé porque yo quería estar sobre el terreno. Para estar en oficina ya me quedaba en Londres”. Así que decidió crear su propia ONG: “No creo en las ONG grandes. El dinero no llega al beneficiario”.

Cogió todos sus ahorros y creó su propia organización con sus apellidos: Carpio-Perez Foundation. En Tanzania ha montado una fábrica de maíz, una escuela y un dispensario médico. Con pocos recursos, pero mucha voluntad. Su tiempo lo reparte entre la ciudad y las aldeas. ¿Por qué vivir en la ciudad? “Necesito conexión a Internet, comunicarme para vender mis proyectos, tengo un baño con agua caliente; no podría estar siempre en aldea; además, es peligroso para una blanca”.

A pesar de todo, los blancos siguen gozando de privilegios en Tanzania. “Me cuelan en el hospital como si los negros fueran de segunda categoría, como si su vida no fuera tan importante; me da mucha rabia. Pero tiene sus ventajas. Cuando voy con uno de mis niños, monto un pollo y me atienden; ¡vaya si me atienden!”.

De momento, puede mantener su vida africana: “Me lo puedo permitir; tengo alquilada mi casa de Londres y sé que mis padres no dejarán que me falte lo básico”, señala con humildad.

No cree que su iniciativa sea tan extraordinaria: “No hago nada especial; es lo que haríamos cualquiera si vemos el dolor del otro; yo lo he visto, me he conmovido y he pensado que tenía algo que aportar”.

A veces se siente extraña cuando viene a España. “Te llevas muchas sorpresas y muchos cabreos; el otro día monté un pollo porque alguien dijo que ojalá se murieran todos los de las pateras. Pero, ¿se habrán planteado por qué vienen?, ¿serán conscientes de lo que es el hambre? Hay mucha ignorancia. Y eso se cura viajando”.

  
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