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ReportajesLeyendo en el Año de la Fe (I) Pensar la fe y la increencia
Aceprensa JMCarabant (Dec 06, 2012) Reportajes
Frente al reto de la mentalidad cientificista, hay pensadores para quienes la existencia de Dios se revela como una hipótesis más “razonable” que el ateísmo. En un tiempo en que la Iglesia católica está viviendo el Año de la Fe, algunos títulos pueden aportar luz sobre estos temas.

Es sintomático que la mayoría de los libros que replantean la cuestión de Dios crean que el cientificismo y el predominio de la mentalidad positivista son los principales desafíos a los que se enfrenta la religión. Cualquiera que sea la forma que adopte el reduccionismo científico (materialismo, emergentismo, etc.), es preciso defender un modelo de razón y de saber de mayor amplitud que el ofrecido por las ciencias empíricas.

La teología más natural

Si se aplican con rigor los criterios de la ciencia, explica Richard Swinburne, catedrático de filosofía en Oxford, en ¿Hay un Dios? (Sígueme, 2012, 192 págs.), es posible ir más allá de la ciencia misma. Es lógico que la razón humana no se conforme con explicaciones parciales, ya que pertenece a la naturaleza del hombre buscar la causa última de todo lo real.

En efecto, hay cuestiones que exceden el marco de lo científico: Dios, la libertad, lo espiritual o el mal, por ejemplo. Aunque los adalides de lo que se ha dado en llamar “nuevo ateísmo” insistan en ello, es preciso señalar que restringir el saber a lo aportado por la estricta metodología científica supondría cercenar la tendencia del hombre a remontarse más allá de lo sensible.

La sencillez analítica del ensayo de Swinburne contrasta con la complejidad con la que los cientificistas realzan la presunta indiscutibilidad de sus tópicos. La teología natural, nos indica este catedrático de Oxford, es el campo de lo sensato y lo razonable. Desde Ockham la sencillez es también un criterio importante para demostrar la validez de las teorías científicas.

El teísmo, de esta forma, se revela como una hipótesis más “razonable” que el ateísmo. Las demostraciones prolijas, la multiplicación de causas segundas y las suposiciones contrarias al sentido común se construyen con tal grado de complejidad y resultan tan enrevesadas que no tenemos más remedio que reputarlas como improbables.

Por el ADN a Dios

Algo de esa razonabilidad debió de percibir Antony Flew (1923-2010), un filósofo inglés, cuando anunció públicamente en 2004 que creía en Dios. Porque Flew había ejercido desde 1966 como uno de los ateos más combativos de la nueva generación de pensadores. En Dios existe (Trotta, 2012, 168 págs.) expuso las razones más importantes de su cambio, aludiendo también a la necesidad de una “inteligencia creadora”.

Las investigaciones sobre el ADN fueron decisivas para su conversión. Gracias a ellas, Flew entendió que la vida, surgida gracias a la unión de diferentes elementos, exigía una inteligencia superior que asegurara y ordenara todo el proceso biológico. Después de dar vueltas a estos hechos científicos, concluyó que “la vida y la reproducción se originaron en una fuente divina”.

Como Swinburne, Flew cree que el los prejuicios cientificistas nos apartan de Dios, pero asegura que una reflexión más seria sobre la ciencia y sus fundamentos nos acercan a Él. En su ensayo, publicado en inglés en 2007 (ver Aceprensa, 16-04-2009), destacó las tres cuestiones científicas que apuntan inexorablemente a Dios: En primer término, que la naturaleza obedece leyes; en segundo lugar, la existencia de vida organizada de forma inteligente y con un propósito definido; y en último lugar, la existencia de la propia naturaleza.

Los retos de la biología

Pensar sobre Dios y otros ensayos (Herder, 2012, 288 págs.) reúne una serie de escritos de Hans Jonas, filósofo judío fallecido en 2004, que, al centrarse en los temas más importantes del pensamiento contemporáneo –biología, evolucionismo, conciencia–, resultan especialmente interesantes. Jonas hace frente a los embates de la nueva ideología cientificista aclarando premisas antropológicas y éticas de especial relevancia, para proponer una filosofía de base biológica que aún está por explorar.

Para Jonas, el ser humano tiene lo que llama “libertad básica”, que consiste en cierta independencia de la forma viva sobre su materia. Por otro lado, el hombre se eleva sobre lo animal por su radical superación de lo inmediato, lo que supone un grado más alto de libertad.

Esta visión antropológica es imprescindible, a su juicio, para superar las tesis del evolucionismo materialista. El hombre no queda atado a lo existente, sino que su horizonte se expande indefinidamente; de esa forma cobran sentido la ética, la metafísica y la religión, tres complejos simbólicos encargados del sentido de la existencia.

Dios aparece, así, en estas páginas como una conjetura necesaria para no perder el sentido del mundo y para asegurar su continuidad histórica. Es un espíritu eterno quien tiene capacidad para infundir el espíritu, afirma sin tapujos el pensador judío. De ese modo, también se salva la peculiaridad de lo humano, más allá de su sustrato material y animal.

Con independencia de ciertas matizaciones –los textos aquí reunidos se adentran en una temática bioética, ámbito donde muchas de las afirmaciones y propuestas de Jonas son al menos discutibles–, el filósofo alemán trata el tema de la mortalidad y el mal de una forma aguda y que da que pensar. El hecho de la muerte, por ejemplo, se explica a partir de la composición orgánica del hombre. No es tanto un mal como una condición de la vida.

Por otro lado, la reflexión sobre el mal en Jonas tiene en cuenta el Holocausto, algo inevitable debido a su identidad judía. Y aunque no resultan coherentes con la perspectiva cristiana sus ideas sobre el abandono de Dios y otras similares, debería aprovecharse el potencial que tienen para comprender la relación del ser humano con Dios.

La génesis intelectual del ateísmo

Pensar sobre Dios termina con una advertencia: “Los físicos tienen que guardarse de convertir su física en metafísica”. Para comprender la génesis del cientificismo, El drama del humanismo ateo (4ª edición, Encuentro, 2012, 386 págs.), de Henri de Lubac, sigue siendo la referencia clásica.

El teólogo francés trata de hacer frente a los perjuicios que ha ocasionado la secularización de lo cristiano. Feuerbach y Nietzsche, como Marx, constituyen etapas de un camino que cree posible reivindicar la grandeza del hombre –la humanidad– con las aportaciones de las ciencias positivas.

Es sintomático del ateísmo moderno y contemporáneo, afirma de Lubac, su engañoso optimismo. Pero se explica precisamente por su vocación positivista: los representantes del ateísmo creen que la ciencia positiva elimina no sólo la necesidad de trascendencia, sino que es capaz de elevar e incluso divinizar nuestra existencia terrenal.

¿Dónde desemboca toda esta fiebre racionalista? Irremisiblemente, acaba convirtiéndose en algo mítico e irracional. Olvidado en la actualidad, en la Física Social de Comte se aventuraba ya el destino trágico y opresivo de una mentalidad exclusivamente positivista, que anula el misterio y el carácter de lo simbólico, despreciando ambos por su sentido trascendente. Es paradójico que el mismo Comte se nombrara pontífice de esta nueva religión racional y que el orden social postulado en sus obras fuera cualquier cosa menos humanista y libre.

De estos orígenes intelectuales nace, a juicio de de Lubac, el problema de nuestro tiempo: el neopaganismo, que constituye más una enfermedad espiritual que una hecatombe intelectual o filosófica. ¿Cuál es la solución? La sociedad secularizada ha de esforzarse por reencontrar lo espiritual, justamente aquello que se resiste a toda medición positiva. A ello ayuda tanto Kierkegaard como Dostoievsky, tratado a fondo en estas páginas. Reivindicar la novedad del mensaje de Cristo y lo sobrenatural es el modo que de Lubac encuentra para regenerar una forma de pensamiento que sólo atiende a lo inmediato y lo útil.

  
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