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ReportajesPatentes, ¿para innovar o para bloquear?
Aceprensa O-Villajos (Oct 21, 2012) Reportajes
El debate sobre el abuso del sistema de patentes vuelve a estar muy vivo desde que el pasado 24 de agosto un jurado de California condenó a Samsung a indemnizar a Apple con más de un millón de dólares por violación de patentes.

Con este triunfo de Apple en la defensa de su propiedad industrial no termina la “guerra”. Samsung es desde este año el mayor vendedor mundial de teléfonos móviles, con el 21,6% del mercado (Nokia, antes el primero, ahora es el segundo, con el 20%, y Apple es el tercero, con el 7%), y es claro –como ha mostrado con una campaña publicitaria coincidente con el lanzamiento del iPhone 5– que la derrota judicial no va a frenar su ímpetu competitivo. Además, la sentencia ha motivado críticas al actual sistema de patentes, acusado de estar distorsionando la competencia y obstaculizando la innovación.

El jurado de California estimó que Samsung había copiado seis inventos patentados por Apple. Si eso es cierto, el sistema está defendiendo al inventor y penalizando al “copión”. En cambio, muchos piensan que algunas de esas patentes no debieron concederse, pues protegen aspectos de diseño (como la forma redondeada de los bordes del iPhone) que no suponen una auténtica innovación; en tal caso, el sistema está limitando la competencia injustamente. Sin embargo, parece innegable que nadie antes que Apple había fabricado un teléfono con el aspecto del iPhone y fue entonces cuando empezaron a surgir otros similares con intención de aprovecharse del éxito ajeno o incluso de confundir al consumidor.

Ha empezado a proliferar la práctica de acumular patentes no para explotarlas sino para cobrar derechos al que quiera hacerlo o frenar por vía judicial a un competidor

Obviamente, el sistema de patentes no es la panacea. Se ha tendido a copiar los inventos valiosos pese a estar patentados y no raramente se han otorgado patentes a productos o procesos no innovadores. Ambos problemas son en cierta medida inevitables, como lo es que haya delitos o errores administrativos en cualquier ámbito. El problema se plantea cuando el sistema administrativo o el judicial no funcionan adecuadamente, pues entonces los abusos se pueden multiplicar.

Acumular patentes

La rápida evolución de sectores como el de las telecomunicaciones requiere por parte de las empresas una constante innovación y adaptación de su estrategia competitiva, que incluye la gestión de la propiedad industrial. Pues bien, según algunos, debido a su lenta adaptación a los cambios del mercado, las oficinas de patentes y los jueces están favoreciendo más las estrategias de bloqueo de la competencia o de búsqueda de rentas que la innovación.

Así, la facilidad de patentar aspectos de diseño, como la forma del iPhone, sería un incentivo para registrar muchas “innovaciones” de este estilo tanto para bloquear como para no ser bloqueados por la competencia. Esto se debe a que disponer de una amplia cartera de patentes da a las empresas mayor poder negociador frente a la competencia o, en caso de ser demandadas, más probabilidades de convencer al juez de que la tecnología es propia. También puede ser un arma para frenar por vía judicial a un competidor. Estos motivos estratégicos son los que explican jugadas como la compra de Motorola Mobility (una compañía en mala situación pero con una cartera de más de 17.000 patentes) por Google el año pasado.

Hay abusos en sectores de rápido cambio tecnológico, pero el sistema no está dominado por ellos y sigue defendiendo al innovador frente a las copias ilícitas

Por otro lado, también parecen estar proliferando los llamados “trolls de patentes”, organizaciones cuya finalidad es acumular patentes no con afán de ponerlas en práctica, sino de conseguir que quienes quieran hacerlo se vean en la obligación de negociar con ellas.

Los abusos son minoritarios

Las críticas al sistema de patentes se deben, por tanto, a que parece estar favoreciendo este tipo de comportamientos “irregulares”. No hay duda de que tales comportamientos se están dando, pero la polémica que han suscitado ha podido crear la impresión de que el sistema está dominado por prácticas de este estilo, e introducir, por ejemplo, la sospecha de que Apple se ha aprovechado de innovaciones irrelevantes para frenar a Samsung. Sin embargo, mi opinión es que la mayor parte de las patentes se registran para proteger auténticas innovaciones y que Apple es la empresa más valorada del mundo por su asombroso espíritu innovador.

Por otro lado, conviene no olvidar que, además de esas prácticas irregulares, también abundan las copias fraudulentas de productos innovadores. En estos casos, las patentes dan una seguridad jurídica al inventor, facilitando que pueda recuperar las pérdidas ocasionadas por el fraude. Además, las patentes no solo otorgan seguridad en caso de litigio, sino que son también un medio disuasorio contra las copias fraudulentas, reduciendo su probabilidad e incentivando así al innovador.

En fin, es lógico que en épocas de rápido cambio tecnológico se multipliquen las innovaciones y patentes valiosas, pero también los comportamientos oportunistas que tratan de aprovecharse del trabajo de los demás y de la lenta reacción de las instituciones. Pero la solución a este problema no es suprimir las patentes, sino introducir mejoras en el sistema administrativo y judicial para limitar las prácticas abusivas y potenciar la innovación.

No obstante, por mucho que el caso Apple vs Samsung haya puesto en el candelero el sistema de patentes, y por mucho que se haya utilizando estratégicamente, no es esta la clave del éxito empresarial. Aspectos como la ventaja de ser el primero, la estrategia comercial o una buena organización se han demostrado en la práctica –con la excepción, en alguna medida, del sector farmacéutico– mucho más decisivos que las patentes para alcanzar ventajas competitivas. Si se deja de innovar y de atender otros aspectos cruciales del negocio, las patentes no dejan de ser un valor efímero. El “copión” tiene los días contados, mientras que el innovador tiene muchas más garantías de perdurar, aunque haya quienes traten de imitarle, a veces con cierto éxito, o aunque en alguna ocasión también él pueda “inspirarse” en lo que hace la competencia.

José María Ortiz-Villajos es profesor de Historia Económica en la Universidad Complutense de Madrid y actualmente visiting fellow en la London School of Economics and Political Science

  
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