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Cultura para JóvenesLa resurrección del español
Redacción (NJ) (Oct 14, 2012) Cultura para Jóvenes
Enrique Mari, de 83 años, aún recuerda cuando en Manila antes se hablaba español. Ahora, sólo inglés. Pero frente a la pujanza de este, o del chino, lenguas vehiculares para los negocios, nuestro idioma renace en países como Brasil y EE UU.

Enrique Mari, de 83 años, recuerda con nitidez la batalla de Manila que en 1945 enfrentó durante un mes a japoneses y americanos. Aquel enfrentamiento provocó uno de los peores baños de sangre de la Segunda Guerra Mundial. Murieron 100.000 filipinos y la capital, antaño una agradable villa colonial fundada por españoles, quedó completamente destruida. Pero como en todas las batallas, la devastación no terminó el día del último cañonazo. Después vino la ocupación militar japonesa, de irreversibles consecuencias, una colonización corta pero intensa que habría de arrasar muchas de las culturas locales, empujando además a gran parte de la oligarquía manileña al exilio.

Los nipones aislaron el español y a sus hablantes, miembros históricos de una minoría pudiente e ilustrada, una élite a la que pertenecía también la familia de Enrique Mari. Él sobrevivió por muy poco a la invasión japonesa: quemaron su casa para obligarlo a salir huyendo del humo, como una rata, y en la puerta un grupo de militares lo esperaba para ametrallarlo. Inexplicablemente salió con vida, pero los más cercanos a su familia, sus amigos y compañeros de colegio, sucumbieron a los desastres de aquella guerra feroz que tuvo en el Pacífico uno de sus capítulos más oscuros.

Este verano Enrique Mari habló con un periodista de la agencia EFE que fue a verle a Manila. El lugar donde lo recibió, una modesta y luminosa residencia de ancianos próxima a la capital, es hoy el último reducto de hispanohablantes de las islas. En un español cuajado de filipinismos, Mari le contó al reportero que cuando era pequeño, en su barrio, todos hablaban español y que si te alejabas de allí, al menos lo conocían. Que aún se comuniquen en nuestro idioma es en cierto modo una cabezonería histórica: “Quedan familias que lo hablan todavía. Pero además de los que murieron en la batalla de Manila, otros muchos españoles se fueron a España u otros países porque Manila quedó en ruinas”, le comentó el anciano.

Lo español, sin embargo, nunca llegó a cuajar en Filipinas como en América. Su función fue siempre la de congregar a todo el crisol de culturas locales –los tagalos, los cebuanos o los ilocanos, entre otros– bajo el paraguas de la cultura hispánica, asumida por ellos como una parte de su identidad. Esta diversidad lingüística repartida en centenares de islas del archipiélago, muchas de difícil acceso y aún hoy fuertemente condicionadas por la tradición indígena, fue un obstáculo que ralentizó la implantación de lo hispano. Eso y el aislamiento de la metrópoli, que sin embargo surtió de emigrantes a la zona durante años. Hoy, la mayor manifestación de nuestra cultura allí la encontramos en el chabacano o hispano-filipino, una lengua criolla hablada por unas 600.000 personas, sobre todo en Mindanao y en el sur del archipiélago.

El nacimiento de Manila

En Filipinas fue decisiva la presencia de los estadounidenses a partir de 1898, fecha del conocido desastre de nuestras tropas. Antes, el español había ido floreciendo entre una población que lo consideraba distinguido y necesario, aunque fuera como segunda lengua. Su presencia allí se remonta al siglo XVI, en concreto a 1565, cuando Felipe II mandó a López de Legazpi en una expedición a Asia. El marino desembarcó en Filipinas y seis años después los españoles fundaron la ciudad de Manila, en donde pasaron a ocupar puestos destacados en la Administración.

En 1870, un 60% de los filipinos manejaba el español con fluidez, utilizándose siempre además en el ámbito de lo público. Lo primero que hicieron los americanos, pues, fue sustituir el inglés por el español en las instituciones, asestándole el primer y penúltimo golpe. En 1902, la circulación de periódicos en español triplicaba a la de diarios ingleses; 40 años después la proporción era de 40 a uno a favor de los británicos. Pero pese a todo, el español pervivió, como se ha dicho, entre las grandes familias, las mismas que, si no fallecieron en la batalla de Manila, hubieron de huir a continuación ante la imposibilidad de seguir con sus negocios. Hoy la presencia de nuestro idioma allí es marginal, si bien hasta 1987 –y exceptuando los años de ocupación japonesa– el español ha sido lengua cooficial en el país.

La herencia cultural española –no sólo la de carácter lingüístico– en países como Cuba o Puerto Rico está fuera de toda duda. Allí la implantación fue relativamente rápida y sencilla y se impuso de un modo incontestable a la influencia anglosajona, pese a la cercanía de los Estados Unidos. Los conquistadores, narra Humberto López Morales, de la Academia puertorriqueña, “descubrieron a los indios, morenos, desnudos, ingenuos y trataron de hablar con ellos, pero no se entendían. De nada le sirvieron a Colón sus intérpretes, expertos en latín, griego, árabe o arameo”.

América y el futuro

Esta incomunicación facilitó el asentamiento del español. José Joaquín Montes Giraldo, una de las mayores autoridades en el campo de la dialectología hispanoamericana, cree que es esa la clave de que sea “una lengua que mantiene su unidad idiomática fundamental” en todo el continente.

En las islas del Caribe el desarrollo fue paralelo al de los territorios continentales. En las islas las familias indígenas más influyentes en el plano cultural eran la arahuaca y la caribe. A la primera debemos el primer indigenismo del español: la palabra canoa, y de la segunda partieron muchas lenguas aún hoy presentes en los territorios más dispares del continente, como Colombia, Venezuela, Guayanas y Brasil.

Para los estudiosos, el caso del Caribe hispánico, de las Antillas mayores, es una prueba extraordinaria del carácter vigoroso de nuestra lengua. Aunque el futuro es una incógnita. Es ya un lugar común, cuando se habla del porvenir de nuestra lengua, citar el chino o el inglés. En un mundo globalizado, con la economía en el centro de la vida, prevalece el pragmatismo sobre la tradición, los negocios sobre la cultura, un lugar este último en donde, según Francisco Moreno, director académico del Instituto Cervantes, mejor se defiende el español.

El inglés es hoy –y lo será en el futuro– una lengua imprescindible, necesaria para comunicarse en las reuniones de negocios, si bien el chino, con sus más de 1.000 millones de hablantes, será indispensable para aquel que quiera emprender una ambición global. Moreno, sin embargo, reniega de esta tendencia y confía en las posibilidades del español, un idioma de indudable tradición literaria, que es al fin y al cabo el indicativo más fiable del grado de riqueza que posee una lengua. “Hay una distribución en el uso de los idiomas, y el inglés y el chino parece que tienen ahora más potencial por una cuestión económica, de negocios. Pero el mundo necesita la diversidad”, afirma Moreno, autor, junto al filólogo Jaime Otero, de uno de los atlas más completos sobre la evolución de nuestro idioma. Otro de los aspectos que no hay perder de vista, dice, es el del multilingüismo, tendencia que puede favorecer la asunción del español en diversas partes del mundo.

Los siguientes retos de nuestra lengua están en aquellos lugares que reciben población hispana. Uno de los casos más interesantes es, según el portavoz del Cervantes, el de Brasil, donde la lengua española tiene una nueva vía de entrada gracias sobre todo a las buenas perspectivas económicas del país iberoamericano. Allí siempre ha habido pequeños e irrelevantes núcleos hispanófonos, pues fue a partir de las crisis económicas del siglo XIX cuando muchos españoles entraron en el país en busca de una vida mejor. Aquellos emigrantes decimonónicos se instalaron en el Sur y en el Sudeste, lo cual, unido a la vecindad de los países hispánicos, contribuyó a dar al español una presencia relativamente apreciable en la zona, infundiendo en sus habitantes la costumbre de hablarlo con frecuencia. Los estudiosos del Instituto Cervantes califican la situación del brasileño como de “auge y prestigio”, gracias sobre todo al aterrizaje de grandes empresas españolas en la región y la creación del Mercado Común del Sur en 1991, empuje empresarial que aumenta sin duda el peso de la cultura hispánica, que aporta en estos casos una emigración de calidad, con recursos económicos.

Biculturalidad

Las cifras muestran también una tendencia clara hacia la hispanización de Norteamérica. “Asistimos desde hace tiempo a una presencia creciente de lo español en EE UU, no solo de la lengua, sino de la cultura: los americanos, cada vez más, consumen literatura y cine hispanos, sobre todo porque muchos provienen de esos países”, explica el estudioso del Instituto Cervantes. En EE UU aproximadamente 30 millones de personas utilizan el español en sus casas y unos 40 millones usan nuestra lengua con cierta frecuencia, una seña de identidad, la hispana, que posee aproximadamente el 13,3% de la población, porcentaje que en Chicago se eleva al 26%, en Nueva York al 27%, en Los Ángeles al 46,5% y en Miami, entre otras cosas gracias a la emigración cubana, al 66%. Los expertos, sin embargo, no dan aún por sentado que la sociedad estadounidense camine hacia la biculturalidad. Se trata, según el Atlas de la lengua española de 2007, de una hipótesis sujeta a la influencia de muchos factores y a la capacidad del inglés para imponerse en los círculos hispanos una vez insertados del todo en la actividad económica, en la que, como se ha dicho, el inglés tiene un papel preponderante.

López Morales sostiene que vaticinar esa biculturalidad es difícil, ya que “los únicos lazos comunes que pueden observarse entre los diferentes grupos de estos emigrantes son la lengua y en menor grado la religión católica”. Aunque eso debería bastar, lo cierto es que la cultura de los diferentes países latinoamericanos, muchos de ellos islas separadas sin apenas relación, ha circulado a lo largo de los siglos por carriles distintos, por lo que los emigrantes, al llegar a EE UU tienden a asumir las costumbres norteamericanas.

En todo caso, el español es un idioma fuerte y consolidado, pero como cualquier manifestación cultural, está sujeto a los vaivenes económicos, políticos o sociales, dando a los interesados una apasionante materia de estudio.

  
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