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OpiniónEspaña es nuestra razón
José María Marco (Mar 19, 2012) Opinión
Nuestro país afronta uno de los momentos más delicados de su Historia del que estamos seguros saldrá fortalecido. LA RAZÓN se convertirá en los próximos meses en un Foro de Debate para analizar los problemas, como la educación o el modelo autonómico, que hay que resolver para volver a ser líderes.

La política exterior de los últimos siete años no ha estado guiada por los intereses del Estado o los de la nación española. Ha sido toda una lección de ideologización de la vida pública. La ideología prevalecía sobre cualquier cosa. Así es como España dejó de tener influencia en los asuntos internacionales. Por otro lado, la crisis y la política que se siguió ante ella nos llevaron a una situación de dependencia. No hubo que intervenir la economía española, pero el presidente del Gobierno tenía que seguir las instrucciones que se le daban por teléfono y era incapaz de defender nuestros intereses. España, además de todo eso, aparecía convulsa y dividida, sumida en una especie de crisis de identidad.

Nadie, a estas alturas, va a negar la gravedad de la crisis por la que estamos pasando desde 2008. Se reconocerá, sin embargo, que la actitud del Gobierno socialista contribuyó a agravarla por su ceguera ideológica, su compulsiva afición a falsificar la realidad, su obsesión por dividir a los españoles con políticas ideológicas y de identidad. El nuevo gobierno ha cambiado del todo la atmósfera. Se tiende a decir la verdad sobre los hechos, no a engañar. Se ha desterrado del todo la idea del «enemigo», y tampoco se ejerce ya de oposición de la oposición. Las decisiones se toman en función de criterios racionales, discutibles pero argumentables y comprensibles, no en función de oscuros caprichos personales.

De esta nueva forma de hacer política, cuyos efectos se notarán –para bien– de aquí a poco tiempo, se deduce una política exterior nueva. Como es lógico, el primer efecto es la restauración del crédito de España. España no es ni ha sido nunca una nación discutible. Es una de las naciones más grandes del mundo por su historia y por su cultura. También es una de las más desarrolladas, más ricas, más abiertas, más dinámicas. La sola palabra «España» está volviendo a ser, más rápidamente de lo que se había pensado, sinónimo de esfuerzo, de trabajo, de competitividad. No por ello dejará de significar simpatía, tolerancia, gusto por la vida, ganas de disfrutar. Nuestra cultura, tan claramente definida, tan radicalmente ajena a cualquier crisis de identidad, es, entre otras muchas cosas, nuestra mejor tarjeta de presentación.

Si seguimos por el camino que se acaba de emprender, España volverá a ser dentro de poco tiempo una de las naciones más atractivas del mundo: atractivas para invertir, para visitar y para vivir. Fuimos un modelo de generosidad democrática y de capacidad de crecimiento. Podemos volver a serlo, por mucho que sindicatos y socialistas estén empeñados en hacernos descarrilar otra vez. Otro aspecto de la cuestión es el de la diversidad española. Sin duda que hay muchas maneras de ser español, pero también es evidente que sin España, sin la nación española, sin aquello que nos une a todos, esas mismas perspectivas están condenadas a la asfixia del localismo, el aislamiento y la irrelevancia.

Desde la Transición, el progreso interior siempre ha ido acompañado de una mayor integración en el mundo. Cuanto más se han abierto nuestra economía y nuestra sociedad, más ricos hemos sido los españoles, y más capacidad de influencia hemos tenido. La crisis no debe llevarnos a encerrarnos en nosotros mismos, como parece que quieren hacer algunos de nuestros vecinos europeos. Tenemos que ser capaces de competir en una economía definitivamente globalizada, y jugar nuestras cartas en un mundo global, pero en el que las fronteras nacionales no se han borrado, ni mucho menos.

De ahí se deduce la necesidad de defender el prestigio de España y potenciar su capacidad de intervención, también en asuntos de defensa con el excelente ejército que tenemos. Habremos de mostrarnos leales a nuestros amigos y aliados, y empezar a tomar la iniciativa allí donde nos resulte conveniente. Pasará tiempo antes de que recobremos la confianza perdida en estos últimos años. Aun así, la rapidez con la que se están produciendo los cambios en la economía y la política global obligará pronto a contar con los países serios y con voluntad de comprometerse.

Los españoles no hemos de olvidar nunca que la nación española, la misma que inauguró en su forma política moderna la Constitución de 1812, fue a lo largo de toda su historia una nación plural, extendida por tres continentes, capaz de integrar una gigantesca diversidad. Los españoles hemos hecho patria española, literalmente, en América, en Asia, en África. Hoy en día somos un modelo en cuanto a capacidad de integración. Tenemos que tener siempre presente esa dimensión propia de lo español. Más aún, deberíamos sentirnos orgullosos y espoleados por lo que, en muchos sentidos, es algo más que un simple recuerdo. Nada de todo esto se podrá hacer de forma espasmódica y brusca. Habrá que seguir un ritmo prudente. En cualquier caso, el rumbo parece marcado con firmeza.

  
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