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OpiniónEspaña tiene cura
José María Marco (Jan 09, 2012) Opinión
En apenas 15 días, el Gobierno ha aprobado un plan de urgencia realista e impopular al que es necesario apoyar ante la gravedad de la situación. El «Financial Times» aplaude las valientes medidas del Gobierno, que han enviado una señal de credibilidad a los mercados sobre el compromiso con el déficit.

Mariano Rajoy tomó posesión el 21 de diciembre de 2011. Hace poco más de dos semanas. Un presidente ultraideologizado y dogmático dejó paso a un hombre reposado, buen conocedor de su país y del Estado. A un equipo ministerial caracterizado por el amateurismo, la frivolidad y el sectarismo –piénsese en Chacón, en Pajín y en Caamaño– sucedió un grupo de personas serias, responsables, dialogantes. Cometerán errores, sin duda. Ahora bien, como demuestra el compás de espera hasta conocer el resultado de las negociaciones entre los agentes sociales, no van a imponer una idea de España derivada de una ensoñación como la que intentaron aplicar sus predecesores a partir del infantilismo izquierdista del socialismo zapateril.

Sólo eso ha cambiado ya, y mucho, la vida pública española. Todo el mundo conocía la gravedad de la situación de la economía española. Estaba claro que las previsiones macroeconómicas, en particular el déficit, no se iban a cumplir. Aun así, nadie se atrevía a cifrar la desviación, menos aún después del descontrol revelado tras las elecciones del 22 de mayo. Es probable que ni siquiera el Gobierno socialista supiera las cifras de la debacle. Cuando han llegado a su conocimiento, el nuevo Gobierno ha recurrido a la subida del IRPF. Es la medida más justa y la menos dañina para el conjunto de la economía. No hay por qué dudar de las palabras de la vicepresidenta, que ha insistido en el carácter temporal de la medida. Importa, por otro lado, que todos sepamos lo que nos van a costar los años de dispendio socialista. Por eso es imprescindible que se siga diciendo la verdad, como ha ocurrido con el déficit de la Seguridad Social. Decir la verdad y apelar a la responsabilidad son hechos nuevos, que nos sitúan a los españoles en un escenario muy distinto de la ficción ideológica y moral anterior.

El esfuerzo que se le requiere a la sociedad española no va sin contrapartidas. En menos de tres semanas el panorama del sector público ha cambiado drásticamente. Se han reducido los ministerios y los departamentos administrativos, obligados a una nueva austeridad. Se ha acabado, excepto en sectores vitales, la creación de un empleo público que pesaba como una losa sobre el empleo privado. Se han congelado –sin bajadas– los sueldos de los funcionarios, que deberían recordar que los tres millones de nuevos parados de estos años no han tenido ocasión de conservar su salario. Se han vetado las subvenciones nominativas, lo que evitará el descontrol –un término suave–que ha reinado en la gestión del dinero público. Y se ha empezado a exigir responsabilidades a las empresas y organismos públicos, tanto los estatales como los autonómicos.

Así como se incorporó a la Constitución un mecanismo de control del gasto para evitar el déficit, resulta razonable, como se empieza a prever, establecer algún mecanismo que exija el mismo grado de responsabilidad a las comunidades autónomas. Dado el adelgazamiento del sector público estatal, los argumentos victimistas del nacionalismo no tienen justificación racional. En estas primeras semanas, ha quedado claro que no vamos a una España más centralizada, sino más dinámica, como se deduce de las facilidades para los autónomos. Y más solidaria, como demuestra la decisión de subir las pensiones y no lesionar a quienes padecen una situación precaria. Quienes hablaban de una agenda oculta neoliberal se han encontrado con el cumplimiento de un programa de centro, solidario y reformista. Un programa para volver a crecer.

Las reformas no acaban ahí. Las diversas medidas del plan contra el fraude fiscal nos hablan de un Gobierno exigente, muy lejos de la pereza cómplice del Gobierno anterior. En Seguridad y en Defensa, los nuevos responsables sugieren una dignidad renovada para quienes están más dispuestos a sacrificarse por sus compatriotas. Y en Exteriores, ya ha cambiado el tono con la defensa de nuestros pescadores y la fácil interlocución de Rajoy con Merkel y Sarkozy. España, que está en el punto de mira de un mundo en pleno cambio, ha empezado a ser relevante otra vez. Los resultados no serán inmediatos, pero es difícil imaginar un cambio de escenario tan drástico en menos de tres semanas. Sin alharacas ni desplantes, y poniendo por delante la prudencia y la voluntad de diálogo.

  
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