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LibrosEl puño invisible de las vanguardias
Aceprensa R Gómez (Jan 07, 2012) Libros
El puño invisible, de Carlos Granés, es un ensayo histórico de gran calado que repasa la trayectoria de los movimientos en el ámbito del arte y de la política, que desde principios del siglo XX se han hecho más o menos famosos en el mundo, con el nombre de vanguardias o revoluciones.

La contradicción de la vanguardia

Vanguardia, un término tomado de la actividad bélica, tiene, por definición, un significado provisional. Una vanguardia que no avanza es retaguardia. Una que avanza tiene que ser sustituida por otra.

En Occidente, desde principios del siglo XX se suceden las vanguardias más o menos artísticas (cubismo, dadaísmo, futurismo, expresionismo, surrealismo, generación beat, arte conceptual, pop, body art, etc.). El resultado, un siglo después, en plena posmodernidad, es la escasa o nula importancia de las vanguardias, debido precisamente a la acumulación de vanguardias. Así, en el arte, no han triunfado las vanguardias que querían hacer borrón y cuenta nueva. Lo que manda hoy en el arte, como casi siempre pero más que siempre, es el mercado, donde incluso se consigue colocar, como arte, obras completamente deleznables o insulsas.

Algo semejante ha ocurrido con las vanguardias en el ámbito político y social: fascismo, nazismo y comunismo se presentaron como vanguardias. Lo mismo ocurrió, después de la segunda guerra mundial, con el movimiento hippy, los provos, el situacionismo, la contestación estudiantil en torno al 68 y otros más. Estos últimos, a pesar de la retórica, tampoco cambiaron la sociedad como decían. Pero contribuyeron a esa trivialización que es la posmodernidad: el dinero como referencia social dominante, el relativismo en los valores y un desencanto creciente, agravado por las crisis económicas.

Hoy cada uno quiere ser su propia vanguardia y transformar el mundo a través de Internet, las redes sociales y subiendo vídeos en YouTube

De Marinetti a los “indignados”

Carlos Granés (Bogotá, 1975), autor de ensayos sobre literatura y arte, recrea históricamente esa larga trayectoria de los movimientos “rebeldes”, desde el futurismo de Filippo T. Marinetti (que terminó siendo un jerarca mussoliniano) hasta ese magma actual de los “indignados”. Es irónico que las vanguardias sean una tradición: la misma actitud, casi las mismas palabras, idéntica trayectoria de inutilidad.

También es común un cierto parasitismo, ya que algunos podían y pueden ser “antisistema” gracias a que el sistema funcionaba también para ellos. Por no hablar de las rebeldías que siguieron a los sesenta, como el arte pop, el gran negocio capitalista de, por ejemplo, Andy Warhol y hoy de Jeff Koons. Y es que la mayoría de esos rebeldes querían, antes que nada, vivir personalmente (egoístamente) a tope, mediante la experimentación –siempre se cita a Rimbaud: “el desarreglo de todos los sentidos”– con el sexo y la droga.

El libro de Granés es interesante para quienes no conozcan la historia. Para quienes, por la edad, somos contemporáneos al menos de los movimientos que se dieron a partir de los sesenta, suena a una colección de supuestas originalidades y de reales extravagancias. Una vez que se ha hecho un montaje en el que se presenta, en aras del arte rabioso, excremento humano (se podrían dar ejemplos de “obras de arte” recientes que utilizan ese material), el siguiente montaje ya no puede pretendidamente romper más barreras, a no ser llegando, por ejemplo, a que el artista dispare al público; es decir, a la delincuencia.

Repetición de lo mismo

Las vanguardias, que van de originales, lo han sido muy poco, sobre todo en el ámbito político y social. Han sido repetición de lo mismo. El célebre “Sed realistas, pedid lo imposible” del tan aireado mayo francés, ya lo habían dicho anarquistas del XIX, y es que es algo romántico. Muchos de los movimientos políticos revolucionarios tratados en este libro querían “transformar el mundo” mediante, por ejemplo, la abolición del trabajo, sin caer en la cuenta de que ellos vivían gracias al trabajo de la mayoría.

Las vanguardias políticas, que resultaron ser totalitarias, al fracasar, sirvieron para hacer ver con más claridad el valor de la libertad personal. Por otro lado, el poso que han ido dejando las vanguardias y los movimientos culturales, ha dado como resultado, y en esto el cambio sí se nota, tal pasión por “mi modo de ver las cosas” que todo valdría, con la única justificación de “porque yo lo digo”. En ese clima, cada uno quiere ser su propia vanguardia y transformar el mundo a través de Internet, las redes sociales y subiendo vídeos en YouTube.

Los movimientos contraculturales se han hecho calderilla y negocio. Quienes iban contra el establishment acaban viviendo muy bien de él, gracias al papanatismo de muchos y al miedo de otros, que no se atreven a decir con claridad: “eso no vale nada”. Buena parte del arte, de los contenidos mediáticos y hasta de la ideología ha tomado como modelo, en este final algo abyecto de las vanguardias, el reality show: “La vida se hacía espectáculo –escribe Granés– y entonces cualquiera podía convertirse en un personaje mediático pues, al igual que el mundillo del arte contemporáneo, ya nadie esperaba de él un talento especial, sino lo contrario: simpleza, ingenio, campechanía, impudor; un toque de vulgaridad y una ignorancia ufana y desenfadada que apelara al infantilismo de la audiencia”.

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Carlos Granés, El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales. Taurus, Madrid (2011), 488 págs., 22 €.

  
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