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InternacionalLa madre de todas las incertidumbres
Aceprensa R. Rubio (Dec 29, 2011) Internacional
Tras la retirada norteamericana, el futuro de Irak está sembrado de incertidumbres por el aumento de la violencia sectaria entre suníes y chiíes, y la creciente influencia de Irán. Si cae el régimen sirio, Teherán tendría más motivos para buscar aliados en Irak.

Unos días antes de la fecha oficialmente prevista, el 31 de diciembre de 2011, las últimas tropas norteamericanas salieron de Irak, conforme a lo establecido en un acuerdo de 2008 entre las autoridades iraquíes y la Administración Bush. A modo de balance, el presidente Obama recalcó que EE.UU. deja una nación soberana, estable, autónoma y con un gobierno representativo y elegido por sus propios ciudadanos, pero lo cierto es que el futuro está sembrado de incertidumbres por el aumento de la violencia sectaria y la creciente influencia de Irán.

Irak sigue siendo un Estado débil, incapaz de hacer frente a posibles amenazas de vecinos poderosos o a un despiadado terrorismo

Una actitud ambigua

La actitud del primer ministro iraquí, el chií Nuri al Maliki, podría calificarse de ambigua. En su reciente visita a la Casa Blanca, rindió homenaje al sacrificio de norteamericanos e iraquíes para acabar con el régimen de Sadam, y además remarcó el objetivo de contar con un ejército y unas fuerzas de seguridad poderosos, aunque con la necesaria ayuda de EE.UU. Sin embargo, las palabras contrastan con los hechos de un Maliki que seguirá jugando la carta del nacionalismo ante la opinión pública, al presentarse como el hombre que consiguió la salida de las tropas extranjeras, lo que además habría sido útil para quitar a Irán un pretexto de intervención en los asuntos internos iraquíes.

Pero aunque el primer ministro acapare las carteras de Defensa e Interior y ponga en puestos clave a hombres de su confianza, Irak sigue siendo un Estado débil, incapaz de hacer frente a posibles amenazas de vecinos poderosos o a un despiadado terrorismo sectario. Sin embargo, a Washington le preocupará de Maliki su relación con Irán, país que visitó en diversas ocasiones en los últimos años y donde se enorgulleció de su ascendencia irano-iraquí. Los líderes iraníes no sólo le recibieron con los brazos abiertos, sino que le apoyaron explícitamente para seguir ejerciendo el poder en Bagdad, en coincidencia con los otros aliados chiíes de Teherán en la zona como la Siria de Asad y el Hezbolá libanés. De todos modos, si cae el régimen sirio, cabe preguntarse si Irak será la pieza de sustitución de Irán en el tablero estratégico regional de Oriente Medio.

Riesgo de enfrentamiento entre suníes y chiíes

El recuerdo de la cruenta guerra entre Irán e Irak, entre 1980 y 1988, y la evidencia de que muchos chiíes iraquíes se sienten más identificados con su nacionalidad que con su fe religiosa, deberían estimular a Teherán a la prudencia. Es cierto que los cambios políticos han aupado a gobernantes que no son incondicionalmente proamericanos. Pero sería exagerado pensar que vayan a ser destacados aliados de Irán, pese a los esfuerzos de la diplomacia iraní, en particular en Egipto, en presentar las revoluciones de la Primavera Árabe como movimientos antiamericanos.

Los gobernantes iraquíes no son incondicionalmente proamericanos, pero sería exagerado pensar que vayan a ser destacados aliados de Irán

Por otro lado, Irán también ha puesto de su parte para que los americanos no prolongaran su presencia en Irak por medio de bases permanentes, gracias a los votos contrarios del partido de su aliado, el clérigo Al Sadr, en el parlamento iraquí. Asistimos a la paradoja de que los partidos suníes, que se sintieron más perjudicados por la caída del régimen y el ascenso al poder de unos chiíes secularmente postergados, eran los más interesados en mantener la presencia de tropas norteamericanas, pues las perspectivas de que aumente la violencia sectaria son cada vez más grandes.

Así lo demuestra el caso del vicepresidente Tariq Al Hashimi, huido al Kurdistán iraquí, donde se ha refugiado bajo la protección de las autoridades regionales. El gobierno de Maliki le acusa de complicidad en atentados, pero tras la huida del líder suní, los coches bomba y los terroristas suicidas han reaparecido en los barrios chiíes de Bagdad.

No es difícil relacionar este escenario con la inestabilidad del gobierno de concentración formado en diciembre de 2010, y del que formaban partes los suníes laicos del partido Irakiya, dirigido por Ayad Allawi. Maliki podría prescindir, gracias a los votos del grupo de Al Sadr y de otros partidos religiosos chiíes, del concurso de Irakiya para seguir gobernando. Pero la salida de los ministros suníes del gobierno sólo serviría para alimentar la violencia sectaria, con el riesgo de que se repitiera la trágica espiral de violencia que sacudió a Irak entre 2003 y 2007.



Actitudes de la Administración Obama

Maliki parece tener los suficientes recursos para mantenerse a distancia de las políticas iraníes, aunque no es seguro que lo haga por completo y prefiera jugar a la consabida táctica del equilibrio entre Washington y Teherán, nacida del temor o de la conveniencia. Ni siquiera puede afirmarse que el gobierno autónomo del Kurdistán sea el aliado más fiable de Washington dentro de Irak, pues la reciente visita de su líder Massud Barzani a Teherán es una muestra más del complicado juego de equilibrio de los kurdos. Estos son vigilados por una Turquía que no se arredra ante incursiones militares en su territorio o vistos con desconfianza por suníes y chiíes en Irak, en especial tras el contrato petrolífero firmado con Exxon Mobil, que el gobierno de Maliki considera ilegal.

Los movimientos de unos y otros actores responden probablemente a que la Administración Obama tampoco da la impresión de tener un plan de largo alcance en Oriente Medio. Por encima del apoyo verbal a los procesos democráticos, Washington está yendo a rastras de los acontecimientos tanto en las revueltas de la primavera árabe como en el callejón sin salida del conflicto palestino-israelí. No es extraño porque en EE.UU. son muchos los que prefieren pasar página sobre la guerra de Irak, y este tema está desde hace tiempo ausente de los debates políticos nacionales.

¿Habría interesado a Obama, que siempre se caracterizó en su etapa de senador por oponerse a una guerra considerada de elección y no de necesidad, mantener bases militares permanentes en el país? Es dudoso en vísperas electorales, en momentos en que el presidente está haciendo guiños a un electorado de izquierda al que intenta transmitir la convicción de que la verdadera “reconstrucción nacional” está en casa, en un país afectado por la crisis, y no en inciertas aventuras exteriores que sólo han traído cuantiosas pérdidas humanas y económicas. Siempre habrá alguien para proclamar que si Irak termina cayendo en la esfera de influencia de Irán, la única responsable histórica será la Administración Bush, que rompió el equilibrio de fuerzas en el Golfo Pérsico, al destruir la poderosa maquinaria militar de Sadam. Con todo, cabría argumentar que Sadam rompió mucho antes ese equilibrio con sus invasiones de Irán y Kuwait.

La salida de los ministros suníes del gobierno sólo serviría para alimentar la violencia sectaria

Vigilando por la puerta trasera

Pese a la voluntad de olvido de la opinión pública y de gran parte de la clase política, los americanos vigilan Irak por la puerta trasera por medio del personal diplomático, de seguridad y de inteligencia integrado en la embajada en Bagdad y los consulados de Basora, Kirkuk y Arbil. Además hay un contingente militar estadounidense en Kuwait, compuesto por una brigada de combate de la Primera División de Caballería del ejército, y es muy probable que se incrementen las fuerzas de marines presentes en el Golfo Pérsico. No cabe olvidar que las tensiones entre Irak y Kuwait, dos décadas después de la guerra, no han remitido por completo y es posible que pudieran acentuarse si la influencia iraní aumentara en Irak.

En cualquier caso, Irak sigue siendo parte esencial de la estrategia de Washington en Oriente Medio, aunque los hechos demostraran que fue un ejercicio de voluntarismo y desconocimiento de la historia la pretensión de los estrategas de la Administración Bush de construir una “cabeza de puente democrática” en la región, con efectos beneficiosos para el mundo árabe y el conflicto palestino-israelí. Arabia Saudí se opuso a la invasión, pues era partidaria de mantener el statu quo en la región, y también por el hecho de que un Irak supuestamente democrático y estrecho aliado de EE.UU. podía reemplazarles como socio preferencial.

Una democracia en Irak podría utilizarse como acta de acusación contra un régimen rigorista como la monarquía saudí. Sin embargo, los saudíes adquieren ahora un nuevo valor para Washington ante la posibilidad de un Irán dotado de armamento nuclear y un Irak debilitado por la violencia sectaria, y con ellos otras monarquías petroleras del Golfo, que se están haciendo más resistentes al contagio de la Primavera Árabe.

  
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