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Cultura para JóvenesDe cantares populares a melodías navideñas
Redacción (NJ) (Dec 18, 2011) Cultura para Jóvenes
"El gran libro de los villancicos" recorre sus orígenes. Los españoles se distinguen por constar de estribillo y coplas, una estructura perfecta para la improvisación y el canto en grupo.

Hace 500 años, villancicos eran “las canciones que suelen cantar los villanos cuando están en solaz”. Así los definió, en 1611, Sebastián de Covarrubias. “Pero los cortesanos, remendándolos, han compuesto de este modo y mesura cantarcillos alegres”, explicó el célebre lexicógrafo.

El remiendo cortesano al que se refiere es la atención que prestaron a estos cantos populares los poetas cultos del siglo XV. Ellos los denominaron villanescas o villancetes, y de ahí procede el término villancico. Estos autores cultos se fijaron en los cantares populares, melodías y textos recitados que se podían entonar durante la siega o la matanza.

Luego tuvo lugar su asociación a la Navidad, en el siglo XVII, cuando la Iglesia decidió incluir en las misas –dichas en latín– un paréntesis de canciones en castellano durante la eucaristía de Nochebuena.

Esta es una peculiaridad española, explica Silvia Iriso, editora de El gran libro de los villancicos (editorial El Aleph): “En otros países, los villancicos son canciones compuestas ex profeso para ser interpretadas en Navidad, y proceden en su mayoría del siglo XIX. En España, sin embargo, sus raíces son populares y muy antiguas”.

Otra particularidad española es su forma, con coplas y estribillo. Es una estructura perfecta para la improvisación y el canto en grupo.

Al interés popular por estos cantares se sumó el de la corte. Se conserva, por ejemplo, el Cancionero musical de palacio, compuesto durante el reinado de los Reyes Católicos.

En el siglo XVII se da la gran transformación, al entonarse también en las iglesias. La iniciativa fue un éxito rotundo. Se multiplicaron los encargos a los maestros de capilla para que crearan nuevos temas que atrajeran a feligreses. Los inventaban o tomaban textos populares y “los transformaban a lo divino”. Lo hacían, por ejemplo, al colocar a la Virgen María y al Niño Jesús en una canción de cuna.

Cuenta Silvia Iriso que la competencia entre los maestros de capilla fue in crescendo. Los templos fueron añadiendo innovaciones en las interpretaciones, como acentos y nuevas voces; y se llegó a un punto en el que se incluyeron incluso efectos especiales, como el imitar un estruendo de terremoto para acompañar la noticia del nacimiento del Niño Jesús.

A las autoridades eclesiásticas les pareció que el espectáculo se estaba excediendo, así que a mediados del siglo XVIII decidieron cortar por lo sano y prohibieron los villancicos en las iglesias. Pero no se dejaron de cantar en las casas.

Los que cantamos hoy proceden del siglo XIX, como el de La Marimorena, que figura en una comedia de Carlos Arniches.

  
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