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NacionalRouco: "La JMJ mostrará una juventud distinta
Laura Daniele (Aug 15, 2011) Nacional
La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) vuelve a España después de 22 años. Hasta el momento Santiago de Compostela era la única ciudad española que ostentaba el privilegio de acoger este encuentro del Papa con los jóvenes de todo el mundo.

Fue en el verano de 1989, bajo el pontificado de Juan Pablo II y con el cardenal Antonio María Rouco Varela al frente de esa diócesis. El arzobispo de Madrid recibe en su casa a ABC para explicar la enorme trascendencia que este evento tendrá no solo para la Iglesia, sino también para España. El cardenal se muestra convencido del «gran influjo humanizador» de la JMJ, capaz de llevar a la sociedad, en medio de «una crisis que no es solo económica sino también moral» a «una revalorización de virtudes tan elementales como son la humildad, la solidaridad, el sentido de justicia, de la fortaleza y la templanza».

—¿Cómo marchan los preparativos de la JMJ?

—Se dan las dificultades normales en el proceso de ejecución de un programa muy complejo, pero todo va muy bien. Madrid se convertirá estos días en una gran familia de un millón de jóvenes y, como en toda familia, es necesario procurarles un techo para dormir, alimentarles, ofrecerles ayuda espiritual… en una palabra: un marco humano y espiritualmente propicio —¡el mejor!— para ese gran momento con Jesucristo que el Santo Padre quiere y busca para los jóvenes de comienzos del tercer milenio. Una «familia» que pondrá de manifiesto muy sugestivamente lo que es la Iglesia presidida por el Sucesor de Pedro, el Papa, el Padre Común de la cristiandad, que estará presente en Madrid. Todos los actos que se están preparando, desde los festivos hasta los litúrgicos, adquieren por ello significado y proporciones excepcionales.

—¿Hay alguna razón especial para que España haya sido elegida sede de la Jornada Mundial de la Juventud?

—Creo que más de una. La JMJ volvía a Europa después de Sidney (2008). De los grandes países europeos, desde el punto de vista de la implantación de la Iglesia católica en su población, casi todos se habían hecho cargo de una JMJ e incluso Roma había repetido. Por esa razón, el hecho de que Madrid lo pidiera no sonaba extraño. Entre las razones específicas entendíamos que, después de la experiencia de la pastoral juvenil de la Archidiócesis de Madrid, de la misión universitaria, de «la misión joven» y de nuestro plan pastoral se trataba de ampliar ese camino y de poder compartirlo con toda la Iglesia, ofreciéndonos al Santo Padre para que dispusiera de nosotros como fuese más conveniente para los objetivos pastorales de las JMJ. También la peculiaridad de España, forjada por «la catolicidad», es decir, por su vocación histórica de apertura a lo universal jugó a nuestro favor. La Iglesia en España abre en el siglo XVI el capítulo moderno de la historia de la Iglesia con su dimensión misionera enriquecida por un amplísimo y desconocido horizonte de una nueva universalidad. La Iglesia se abría al Nuevo Mundo, recién descubierto.

—Este ambiente que vive España y que el propio Benedicto XVI ha calificado como de un «laicismo agresivo» ¿puede también haber influido finalmente en la decisión?

—No creo. De todos modos, el Santo Padre siempre tiene en cuenta las características humanas y eclesiales del momento y del lugar en que se produce su visita, pero no me parece que ese haya sido el motivo primordial a la hora de tomar su decisión. Si estuviéramos en una situación de una especie de paraíso pastoral y espiritual, el Papa también hubiera elegido España. En cualquier caso es una singularísima gracia de Dios que el Papa nos visite en una situación de crisis moral y religiosa, que no solo afecta a España sino también a Europa. Ya Juan Pablo II exhortaba, con tono muy apremiante, en su visita de 2003 a los católicos españoles y a la Iglesia en España en general a no olvidar nuestra vocación misionera en esta hora histórica de la nueva evangelización de Europa.

—El Papa ha convocado a esta JMJ a creyentes y no creyentes ¿Cuál es el espíritu de este encuentro?

—Mostrar a la Iglesia abierta al mundo en el anuncio del Evangelio, que es una buena noticia para todos los que quieran oírla y que es accesible y suena a la verdad y al bien que el hombre espera cuando no se cierra a Dios. El modo en cómo se presenta y desarrolla la experiencia de la Iglesia en la JMJ hace más fácil que los jóvenes que no son católicos acojan el mensaje y lo comprendan, porque se recibe en un medio humano de gran riqueza espiritual y de gran fraternidad y, por lo tanto, como un testimonio de lo que es el Evangelio, vivido y verificable en la realidad de sus vidas. Estamos felices de que el Santo Padre haya convocado a todos los jóvenes del mundo, sea cual sea la situación de fe en la que se encuentren. Estoy seguro de que muchos vendrán efectivamente con una disposición de ánimo, que se podría caracterizar entre curiosa y escéptica, pero también con una cierta expectación de qué me va a pasar, de que algo nuevo y grande puede ocurrir en mi vida. Para muchos será una conmoción y una conversión que cambia el rumbo de su existencia. Para los que están dentro de la Iglesia: un ir más al fondo de su vocación cristiana, ya sea la del sacerdocio, la vida consagrada o la del matrimonio y la familia cristiana.

—¿Qué impacto cree que puede llegar a tener la JMJ en la sociedad?

—La ciudad de Madrid va a vivir días de alegría verdadera desconocida y contagiosa. De una originalidad que supera los modos de diversión de moda habituales entre muchos jóvenes. Una «movida» excepcional que proporciona alegría a todos y ninguna molestia a nadie. Serán unos días de gozo que nos recordarán que hay una juventud distinta de las que muchos creen que es la corriente y la normal: una juventud abierta a Dios y al Evangelio, que quiere que su vida sea un sí a Dios, y con una sensibilidad hacia el prójimo, hacia sus problemas de paro, familiares o de fracaso profesional, extraordinariamente generosa. En fin, en medio de todo ese tipo de aflicciones que sufren nuestras jóvenes generaciones en nuestra sociedad, se encuentran estos jóvenes dispuestos a ser testigos de una nueva humanidad, abriendo el camino de la civilización del amor. Madrid y también España quedarán por lo menos consoladas y reconfortadas, y recibirán impulso e ilusión para emprender nuevas rutas, con una disposición y una fuerza espiritual que les permita encontrar la justa y solidaria solución a muchos de sus problemas.

—¿Cree que esta JMJ nos va a ayudar a recuperar valores perdidos?

—Va ayudar a todos y, sobre todo, a los jóvenes a situarse en la vida como el lema de la JMJ sugiere: «Firmes en la fe» y gozosos de haber encontrado a Aquel que nos da los fundamentos para poder vivir la fe firme y valerosamente. Que no es lo mismo que decir de forma orgullosa, soberbia o avasalladora, sino serena, plena, no vacilante. Y también con vocación de convertirla en obras, hechos y formas de vida. Eso sí que va a ser un fruto de la JMJ: una renovación de la fe de los jóvenes que vienen y una renovación de la fe de la sociedad que los acoge. Lo cual tiene directamente que ver con la revalorización de virtudes tan elementales como son la humildad, la solidaridad, el sentido de justicia, de la fortaleza y de la templanza. El amor cristiano produce el efecto en las personas de proponerse y comprometerse a organizar el mundo con mayor justicia, de adoptar una actitud frente al prójimo de cercanía, de compañía, de tender la mano, de levantar el corazón y el ánimo. Una experiencia de Iglesia como la JMJ encierra una extraordinaria capacidad de influjo humanizador.

—De todos los encuentros que mantendrá el Papa llama la atención el que tendrá lugar con jóvenes profesores universitarios ¿Tiene un significado especial esta cita?

—Es la primera vez en la historia de las JMJ que sucede. Esperamos mucho de este encuentro, porque no se puede olvidar que la mayoría de los jóvenes que participan en la JMJ son universitarios. Para las jóvenes generaciones resulta fundamental poder encontrar una orientación clara y luminosa de lo que tiene que ser su formación intelectual, inseparable de la búsqueda sincera de la verdad y de la voluntad firme de difusión de la misma. Una formación universitaria bien lograda, intelectual y espiritualmente, da inmediatamente frutos muy fecundos en la vida política, social, cultural y familiar; tan urgentes, por otra parte, en un momento de una crisis tan profunda y compleja como la que vivimos.

—¿Se trata solo de una crisis económica?

—Una crisis económica y financiera ciertamente; pero, además, crisis ética y de concepción del hombre. A veces se piensa y se opera como si fuese posible a corto y medio plazo superar los aspectos más económicos o materiales de la crisis, sin ocuparse del trasfondo moral, espiritual e intelectual, que la envuelve y condiciona en su raíz. El encuentro, por lo tanto, con los profesores universitarios de nuestras universidades no podemos por menos de valorarlo como de providencial. Sintoniza, por otra parte, muy bien con las especiales características de cómo el Santo Padre ejerce su ministerio pastoral en cuanto Pastor y Maestro de la Iglesia Universal.

—¿Echa de menos que esta relación de colaboración sobre todo con el Gobierno central en la organización de este evento no se haya producido en otras cuestiones que han sido primordiales estos años?

—La forma de cooperación tan positiva y tan cordial como se está dando en la JMJ es un buen modelo para el futuro en estas y otras cuestiones en las que están implicadas la misión de la Iglesia y su servicio a la sociedad y a la persona humana. No hay duda de que la JMJ nos está ayudando a apreciar lo que vale un clima de apertura y de comprensión de la misión de la Iglesia, cuando se trata de la búsqueda del bien común, es decir, cuando está en juego una construcción de la sociedad: justa, solidaria, verdaderamente amiga de la dignidad de la persona humana, que se ve expuesta frecuentemente a heridas y desconsideraciones graves, sobre todo, si se muestra pobre, débil e indefensa.

—En España se celebran muchos eventos internacionales, pero en el caso de la JMJ la Iglesia se ha visto de alguna manera «obligada» a justificar la celebración de este evento en los beneficios económicos que conlleva la visita del Papa ¿La Iglesia se siente presionada?

—Son objeciones habituales. También ocurrió en 1989 con la visita del Papa a Santiago. Una objeción, además, muy típica de la sociedad moderna y, comprensiblemente también, de la postmoderna, a la vista del trato que ciertos de sus sectores, suelen dispensar a la Iglesia. Ha tardado en manifestarse y sin excesivos extremismos. La respuesta creo que la ha dado claramente el director financiero de la JMJ, Fernando Giménez Barriocanal. Él ha apurado el argumento y lo ha devuelto en la forma clásica del argumento «ad hominen» de los escolásticos. La visita del Papa no solo no supone un coste adicional sino un beneficio, en tanto se presenta como un momento de nuevas posibilidades económicas para Madrid y para España e, incluso, para el empleo.

—¿Teme que en esta ocasión también se politice la visita del Papa?

—No. Que tenga consecuencias y que se pueda extraer alguna conclusión relacionada con la situación política de España es posible; pero una politización de la visita en sentido estricto, no es de esperar.

—Llevamos muchos años inmersos en un proyecto de «reingeniería social», ¿cree que ha llegado el momento de una regeneración?

—Sin duda. No hay tiempo ninguno que perder en la gran tarea de una renovación profunda de las conciencias y de los ambientes sociales y culturales junto con las condiciones jurídicas, para que el matrimonio y la familia puedan volver a ganarse la ilusión de las generaciones jóvenes. Estoy seguro de que la JMJ va ayudar mucho para que los jóvenes descubran de nuevo lo que significan de bueno y de bello la familia y el matrimonio cristiano como vocación para sus vidas.

  
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