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OpiniónLa escuela no puede ignorar el hecho religioso
Aceprensa (May 07, 2010) Opinión
Un grupo de historiadores de distintas universidades españolas han publicado un manifiesto en el que reclaman una enseñanza no confesional de las religiones en todos los niveles educativos. Les preocupa que los alumnos que llegan a la Universidad sean “unos ignorantes totales” en religión, lo cual dificulta que puedan entender otros muchos temas de historia, arte, filosofía, derecho...

Pero tampoco hay que extrañarse mucho, pues esto es lo que ha cultivado el curriculum y la organización escolar desde hace años. Lo único que ha mantenido una presencia del hecho religioso en la enseñanza ha sido la asignatura optativa de Religión Católica, en virtud de los Acuerdos con la Santa Sede, y a pesar del hostigamiento sistemático de quienes han hecho todo lo posible para marginarla.

En 2003, cuando bajo el gobierno del Partido Popular se aprobó la Ley Orgánica de Calidad de Educación (LOCE), se estableció que habría una asignatura obligatoria sobre el hecho religioso, con dos versiones: una confesional (católica o de otra confesión con la que el Estado suscriba acuerdos) y otra no confesional, consistente en un estudio del hecho religioso como fenómeno cultural. Ya entonces se había comprobado que la idea de estudiar el hecho religioso de modo trasversal aprovechando distintas asignaturas solo servía para repartir la ignorancia.

Pero la propuesta del PP despertó las críticas de todos los que consideran que la enseñanza laica exige dejar a los alumnos en la mayor ignorancia de la religión, no se vayan a contaminar. Se dijo entonces, y se sigue repitiendo ahora, que el hecho de que unos elijan estudiar religión católica no puede obligar a que otros cursen religión no confesional. Los críticos aseguraban que ese enseñanza obligatoria de la religión vulneraba la no confesionalidad del Estado y la neutralidad de la escuela pública. Hasta se llegó a decir que el mero hecho de tener que elegir entre religión confesional y no confesional vulneraba el precepto constitucional de que "nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias". Como si el simple hecho de escoger una asignatura equivaliera a una declaración sobre creencias.

En el fondo, con argumentos tan poco sólidos se trataba de garantizar el derecho a la ignorancia religiosa, con la esperanza de poder expulsar un día la enseñanza de la religión católica, aunque todavía hoy sea elegida por dos de cada tres alumnos.

Pero el intento de asignatura de religión no confesional no prosperó. Cuando los socialistas ganaron las elecciones en 2004, una de las primeras cosas que hicieron fue anular la LOCE y volver a la situación anterior: la religión continuó siendo optativa, pero sin que sea obligatoria una alternativa concreta. En la práctica, la alternativa es nada. El resultado, la ignorancia en materia religiosa.

En su manifiesto, estos historiadores mantienen que el estudio de la historia de las religiones no es solo un elemento cultural, sino también un instrumento de diálogo y de solución de conflictos en un mundo globalizado. Y, ciertamente, es difícil lograr un diálogo, y no digamos ya una “alianza de civilizaciones”, si se ignora el elemento religioso que está en la base de esas distintas culturas.

También defienden que el conocimiento de las religiones debe impulsarse desde la enseñanza superior, para lo cual se necesita formar docentes e investigadores en Historia y en Ciencias de las Religiones. Estos historiadores consideran que el Plan Bolonia significa una oportunidad única para introducir en los planes de estudio estas disciplinas y su homologación con titulaciones similares de otros países europeos. Es inevitable ver aquí un interés académico de defender el propio territorio. Pero también es verdad que en otros países de cultura protestante hay titulaciones específicas en las universidades públicas para formar profesores que luego impartirán las materias de cultura religiosa o historia de las religiones en las escuelas. En España, en cambio, solo en algunas universidades de la Iglesia se ofrecen enseñanzas de este tipo.

En vez de enzarzarnos en un debate siempre crispado sobre la enseñanza de la religión católica, habría que preocuparse por la carencia de conocimientos religiosos, que va a ser una rémora para muchos alumnos. Y buscar soluciones académicas en las escuelas, no en función de si resultan discriminados los que eligen o no la asignatura de religión optativa, sino con la idea de que unos y otros mejoren sus conocimientos sobre el hecho religioso. Lo que más discrimina es la ignorancia.

  
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