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OpiniónLa euforia
Redacción (NJ) (Apr 28, 2010) Opinión
Es humana y, hasta cierto punto lógica, la euforia que se respira ahora en torno a José Tomás después de haber vivido 72 horas frente a una negra pared. De repente se abre una rendija, una grieta de luz en el muro de oscuridad, y se convierte en un ventanal con vistas al mar. Todas las noticias que navegan a la velocidad de la red desde Aguascalientes incitan al optimismo.

Un optimismo relativo que nunca debería derivar en exaltaciones eufóricas. La frase de Salvador Boix ¡el lunes! de "está TOTALMENTE fuera de peligro" no es la más acertada ni la más cierta.

Escribía en EL MUNDO el doctor José María Fernández-Rañada, jefe de Hematología de la Clínica Quirón de Madrid, sobre los riesgos de una transfusión masiva de sangre, como la toxicidad por el citrato que se utiliza para la conservación del plasma en los bancos de sangre o una caída plaquetaria. Fernández-Rañada menciona también posibles alteraciones metabólicas.

Los especialistas en cirugía taurina consultados, Padrós o Vila, resaltan los problemas vasculares que pudieran surgir de una pierna desangrada durante horas por la rotura de las femorales (vena y arteria) y la reconstrucción de las mismas; el tratamiento de heparina al que deberá someterse "sine die" para evitar coágulos; los daños y desgarros musculares.

La bajada a planta del dios de piedra de Galapagar ha vuelto a encender una esperanza desaforada y diría que imprudente. La habitación de José Tomás se ha habilitado como una especie de (semi) UVI. Y la decisión se ha tomado para mantener aislado al torero y evitar infecciones, otra amenaza que planea sobre un organismo triturado. ¿Cuándo regresará JT a los ruedos?, se preguntan aficionados desilusionados, empresarios hundidos y reventas reventados. ¿Cuándo recuperará José Tomás la pierna totalmente?, me pregunto yo.

La prudencia en estos casos suele ser mejor compañera de viaje que la euforia. La misma que provoca que nadie del equipo de una máxima figura del toreo, crucificada de cornadas, que se arrima como se arrima, se preocupase por el estado de una enfermería en ínfimas condiciones. Exactamente igual le podía haber pasado a cualquiera de nuestros ases de la tauromaquia que campean por América tan panchos, dispuestos a jugársela tarde a tarde. Pero le ha pasado a José Tomás, que si hoy supervive es gracias a la pericia de unos médicos sensacionales y a la fortaleza de su cuerpo. Y, probablemente, de su espíritu.

  
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