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OpiniónLos poderosos efectos placebo
Redacción (NJ) (Feb 20, 2010) Opinión
Fue la Iglesia Católica la que dio impulso a los placebos. En el siglo XVI y en un esfuerzo por desacreditar a los que se lucraban con los cada vez más frecuentes exorcismos, se les ocurrió mostrar falsos objetos sagrados a aquellos que decían estar poseídos por el demonio. Si tras esta visión éstos reaccionaban con violentas convulsiones -como si realmente hubieran estado ante una herramienta eficaz contra Satanás- los sacerdotes sabían que todo era imaginación, que el diablo no estaba en su cuerpo.

La idea cundió entre la comunidad médica y a partir del siglo XVIII se extendió el uso de tratamientos inocuos para calmar a los pacientes, aunque su despegue definitivo llegó con la aprobación de los ensayos clínicos después de la II Guerra Mundial.

Desde entonces, los placebos han estado rodeados de luces y sombras, de defensores y detractores. La revista médica 'The Lancet' realiza en su último número una exhaustiva revisión sobre todos los aspectos relacionados con ellos. Y concluye varias cosas importantes: primero, que el efecto placebo es psicobiológico y atribuible a todo un contexto terapéutico, no sólo a una pastilla. Segundo, que puede darse el efecto en la práctica clínica incluso cuando no se administre ningún placebo. Tercero: existen muchos efectos placebo, no sólo uno.

Para empezar a analizar el tema, hay que definir el concepto: "es una sustancia o procedimiento inocuo y el efecto placebo es algo que sigue a la administración de dicha sustancia o procedimiento".

La paradoja y lo que ha creado toda la confusión es que, en teoría, "si algo es inocuo no puede desencadenar ninguna reacción", señala Damien G Finiss, del Instituto de Investigación y Tratamiento del Dolor de la Universidad de Sydney (Australia), coordinador de este análisis. Pero la evidencia sugiere que "el efecto placebo no es algo aislado sino parte de todo el ambiente que rodea a un tratamiento y que incluye la interacción entre el paciente y el médico, la fase de la enfermedad y las esperanzas creadas con el tratamiento".

Desde un punto de vista psicológico, hay diversos mecanismos para inducir los efectos placebo. Los más conocidos son dos: las expectativas y el condicionamiento. Las alabanzas que el médico hace de una terapia concreta, cómo la 'venda' antes de empezar y cuánto se ilusione el paciente son esenciales para desencadenar una respuesta positiva. Cuantas más expectativas se tengan, más fuerte será el efecto. Y, por el lado neurobiológico, los placebo pueden actuar tanto en personas sanas como en enfermas y en distintas partes del cuerpo.

Según este trabajo, la mayor intensidad se consigue cuando se combina el ritual del placebo, o la forma de suministrarlo (por ejemplo, pastillas, acupuntura o jeringuillas), con una buena relación médico-paciente. Los estudios más recientes concluyen que cuando el paciente ve cómo le ponen el fármaco, cuándo es el médico el que le explica qué le va a suministrar, experimenta unas sensaciones de recuperación más significativas que cuando recibe el compuesto a través de una máquina. Aunque sepa que en algún momento le están medicando, su organismo no reacciona igual.

Los beneficios del placebo para el enfermo son reales y las investigaciones han mostrado que sus efectos terapéuticos son efectivos a largo plazo y en poblaciones muy diferentes. No obstante, según Finiss, "la promoción de este producto en la práctica clínica es éticamente controvertida y, antes de recomendarlo para determinados casos, requiere más conocimiento sobre la relevancia que podría tener".

  
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