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Educación y FamiliaCrecer en valores
Miguel Ángel Albás (Sep 18, 2009) Educación y Familia
Si queremos seguir hablando de valores, diremos que no se trata de crearlos ni de reducirlos, sino de descubrirlos. Es decir, de saber qué son y cómo crecer en ellos. Sólo se comprende muy bien el por qué se les relativiza o se les idealiza, si se reconoce la tendencia del ser humano a acomodar la realidad a su manera de vivir, según las diversas modalidades teóricas citadas en el artículo anterior. El ser, y en concreto la persona humana, no es una concreción pobre y cerrada, que excluye, por tanto, toda posibilidad de crecer, de asumir el valor o los valores… por el contrario, la realidad de la persona es altamente dinámica; cada persona es, posee, tiene, en cada instante, un cierto número de posibilidades en permanente actualización”. Hemos nacido “pequeños” para crecer.

De otra parte, no hay por qué contraponer el “valor” al “ser”: “El valor es interior al ser”. La persona es un ser que posee valores que debe acrecer y, en potencia otros, que puede llegar a desarrollar. Quienes contraponen el valor al ser, también reducen, de hecho, el concepto de ser, asimilando el ser a lo estático, a lo “plenamente hecho”. “Una ontología realista, en cambio, tiene una concepción bien diferente del ser. Cuando se capta esta armonía fundamental de ser y valor, el valor aparece “como una segunda lectura (más profunda y espiritual) de la realidad… Cada ser es “sobreabundancia” de ser (cada cosa, en su ser, persigue un fin que simultáneamente le procura su perfección y su acabamiento, al mismo tiempo que apunta a un más allá) y en esto consiste su especial categoría”.

Así mismo, captamos los valores a partir de verlos encarnados en individuos concretos en los que esa perfección o ese bien se realiza, se hace presente. Pero, en esos individuos no termina – ni siquiera siendo personas, es decir, seres humanos- “la escala ascensional del bien, el camino ascendente del “valor”. En realidad, “los valores- predicados que invitan a la perfección del hombre- encuentran su fundamento y plenitud en el existir absolutamente perfecto de Dios”.

Crecer en un valor supone, entre otras cosas, descubrir ese camino ascendente de cada valor. Piénsese, por ejemplo, en el valor libertad. La captamos en el comportamiento de seres libres: de seres humanos; descubrimos, poco a poco, la infinidad de posibilidades en constante actualización de la libertad humana en cada persona; advertimos su espléndida dinamicidad en el hombre: “ser de inacabamiento, constante posibilidad de perfeccionamiento libre, sobreabundancia de ser”; escapa a nuestra limitación humana el alcance de la potenciación de esta libertad a nivel sobrenatural; entendemos que sólo es plena en Dios. “El valor es, pues, una continua exigencia del ser, captada por el espíritu humano en el movimiento mismo de su apertura ilimitada a lo infinito (exponente máximo, por otra parte, de la limitación de los seres creados).

El descubrimiento del valor como una parte específica del bien, con una infinidad de posibilidades –en una escala ascendente-, nos permite entender los valores como dones divinos, con esa característica peculiar que poseen de ser, a la vez regalos y posibilidades de crecer. Crecer en un valor implica corresponder a ese don o regalo realizándolo en uno mismo. También conviene advertir que no se puede crecer únicamente en un solo valor -dada la jerarquización como característica peculiar de los valores-, sino en relación con los otros. Por otra parte, los valores se poseen en tanto en cuanto se actualizan. “Se desean sólo y en la medida en que se poseen”.

Además, los valores, a partir de cierto grado de su posesión, se convierten en motivos o elementos motivadores. Estos motivos son motor que realimentan el crecimiento de los respectivos valores. Los valores son, desde la perspectiva de la correspondencia del ser humano, actualización permanente de potencias, de aquello que, si queremos y nos esforzamos, pueden llegar a existir en nosotros.

El trabajo humano es ocasión y medio necesario para su consecución; para lograr este crecer en valores intencionalmente –con libertad-. Quizá deba hacerse notar, de paso, que la libertad, ejercida sanamente, perfecciona al hombre que la ejerce. De manera que le facilita nuevos accesos a la “verdad” de las cosas, y ella, a su vez, potenciará la libertad de los actos voluntarios subsiguientes. “La verdad os hará libres”.

  
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