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Educación y FamiliaTeorías para acomodar los valores a las ideologías
Miguel Ángel Albás (Jun 16, 2009) Educación y Familia
Lo expuesto en los artículos anteriores hoy no es entendido así por muchos, y ello, por muy diversas razones. Hay algunas teorías axiológicas (subjetivas) en las que se confunden el valor y acto de valorar. De hecho, reducen el valor a su aspecto subjetivo: el hecho de valorar. Un valor es un valor, si yo lo estimo como tal.

Para quienes así lo consideran, “el valor no es nunca una entidad objetiva, ya que es el sujeto quien atribuye valor a las cosas según sus criterios personales. Los valores absolutos son los que los hombres reconocen como tales, en determinadas condiciones o circunstancias psicológicas, sociológicas o históricas. El valor es tan relativo y cambiante como el sujeto que los crea”.

Esta reducción equivale a crear valores, en lugar de descubrirlos en la realidad. Y, desde luego, no tendría sentido – considerados así los valores- enfocar la educación o el trabajo en función de algo tan relativo y cambiante como las circunstancias o el propio estado de ánimo.

En esta línea pueden encuadrarse: -el relativismo historicista; -el naturalismo psicologista; -el positivismo sociologista; -el empirismo lógico; -el creacionismo de los valores; -el materialismo dialéctico.

No se trata de estudiar en detalle – ni en conjunto- cada una de estas teorías. Pero sí es interesante observar cómo la consideración del valor en cada una de ellas tiene consecuencias –fácilmente detectables- en muchas conductas y en algunas costumbres, hoy, generalizadas.

Para el relativismo historicista, la historia es la fuerza que produce los valores. Por consiguiente, cada época debe ser juzgada según los valores creados y vividos por ella. ¿Quiere decirse: creados por una minoría y vividos por la mayoría?; ¿quiénes son los competentes creadores?; ¿en virtud de qué tienen autoridad sobre la conducta de los que viven en esa época?; ¿o es la autoridad anónima de la moda?; ¿qué significa, en este contexto, la justicia o la generosidad, por ejemplo?

Para el naturalismo psicologista, el valor de la cosa reside exclusivamente en el deseo do obtenerlo que despierta en nosotros. Reducir el valor de las cosas al que nosotros le atribuimos porque las deseamos y, en la medida que las deseamos, sin considerar si verdaderamente las necesitamos o no ¿no es desembocar en el placer como valor supremo? “Este psicologismo es, como se ve, una forma de hedonismo con serias repercusiones en nuestro mundo de hoy”.

Para el positivismo sociologista, es la sociedad quien establece el valor, y la misma sociedad o colectividad es el valor fundamental. Es notoria y variopinta la influencia actual de este reduccionismo colectivista. El ser humano depende, para todo, de la mayoría. El bien y el mal son lo que la mayoría decide que sean. Desde esta perspectiva, ¿no es un valor supremo el consenso de una colectividad, o “la concordia entre los hombres”?

Del mismo modo, podría destacar algunas consecuencias comportamentales de cada una de las restantes teorías. Pero no lo considero necesario, porque sólo he querido hacer notar la estrecha relación existente entre las teorías y las conductas. Toda teoría reduccionista encuentra algún eco en el comportamiento humano, a causa de una tendencia del ser humano, cuando no está dispuesto a vivir como piensa, a pensar entonces en la misma dirección como vive. El éxito de las teorías citadas – como tantas otras- radica en nuestras complicidades. De todas formas, la mayoría de los que así se comportan ni siquiera saben que siguen ninguna teoría y menos cual es. Lo importante es que de alguna manera su comportamiento esta “teóricamente” explicado y por tanto (sic) “justificado”.

  
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