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Educación y FamiliaDimensión transcendente del amor en el ser humano
Miguel Ángel Albás (Jan 08, 2009) Educación y Familia
La persona humana es el único ser vivo en la tierra capaz de amar. Porque amar es un acto propio de un ser libre, inteligente, dotado de conocimiento y voluntad. El hombre, a semejanza de Dios, es capaz de amar y lo es, porque Él nos amó primero. Y nos dotó -con su amor- de la libertad, del conocimiento y la voluntad, y con ellas, la capacidad de amar a la criaturas, a nuestros semejantes e incluso, si creemos en Él, nos dio la posibilidad de amarle a Él como hijos.

El amor humano y el amor divino, el amor a los demás y el amor a Dios son “dos amores que, en cierto modo, constituyen un único querer, una única caridad y, en consecuencia, un único servicio”. En efecto, sólo tenemos un corazón, una inteligencia, una voluntad, para amar, y el mundo espera de nosotros no sólo el amor, sino el testimonio del Amor divino. Y, por otra parte, Dios quiere necesitarnos para ser vehículo del Amor divino en ese amplio ámbito que es el mundo.

Por eso, no es posible entender este fundamento real del trabajo como acción esforzada, incluso abnegada, si no alcanzáramos a descubrir la raíz divina del amor, su sentido de totalidad, porque “el camino del amor viene de Dios y lleva a Dios”. De hecho, podemos amar, “porque El nos amó primero”. Y conviene que nos empapemos bien de esta verdad hermosísima: si podemos amar a Dios es porque hemos sido amados por Dios. Tú y yo estamos en condiciones de derrochar cariño con los que nos rodean, porque hemos nacido a la fe, por el amor del Padre.

El agnóstico dice “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida” El creyente dice “Ama y haz lo que quieras” (.S. Agustín). Acaso ¿es necesario no ser creyente para disfrutar de la vida? O, ¿acaso se puede ser feliz sin amar? … De hecho, en la manipulación del amor coinciden diversas reducciones. Por una parte, la ya citada reducción semántica; por otra, las sucesivas reducciones de felicidad humana a felicidad natural, material, placentera, sexual; por otra, el intento de reducir el ser humano a consumidor de sexo. Coinciden la influencia de una ideología hedonista, extrañas reducciones de ética sexual y la manipulación de la porno industria. Todo ello englobado en una polimorfa pseudo noción de amor. Lo suficiente para no querer ocuparse del tema.

Para qué pensar, si ya nos lo dan resuelto en un breve eslogan: “Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Resulta sorprendente que tales ideas y costumbres tengan adeptos y lleguen a influir incluso en grandes masas. La reducción – combinación de reducciones- es tan evidente que huelga todo intento de desmontar argumentos en su favor. Es, en definitiva, una inversión del amor, que sólo por contraste nos sirve para esclarecer la relación que nos ocupa.

El trabajo humano es ocasión y medio para vivir este amor –con sentido de unidad y de totalidad- en las circunstancias y en la realidad diaria de cada persona. En esa actividad profesional, ordenada al amor, se notarán las consecuencias de una libertad humana caída y redimida. Por eso, en nuestro trabajo “aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención”.

Pero el trabajo no es una maldición, sino un don de Dios. Además, “al haber sido asumido por Jesús, el hijo de Dios, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora”. Adquiere, de este modo, unas perspectivas insospechadas y una eficacia totalmente nueva.

Quienes tengan fe sobrenatural – y procuren ser consecuentes con su fe-, descubrirán una inaudita posibilidad en su jornada e intentarán aprovecharla: la posibilidad de introducir a Jesús de Nazaret en su trabajo humano, en correspondencia a los años que El vivió en la tierra trabajando. “Tu lucha en el trabajo deja de ser eficaz, cuando ya no es una lucha de Amor”.

La relación trabajo humano-amor queda apenas esbozada en este artículo. Puede constituir un punto de partida para que el lector considere esta relación a nivel personal. Cada persona puede preguntarse hasta qué punto se esfuerza en que su trabajo sea un servicio de mejora; en qué medida y a qué número de personas alcanza este servicio profesional; cómo es su tiempo gastado, principalmente, en función de la mejora profesional, propia y ajena; cuánto contribuye a crear un clima de confianza en sus relaciones profesionales y sociales; cómo es capaz de buscar o aceptar ayudas que contribuyan a mejorar la calidad de su trabajo. Son cuestiones difíciles de evaluar, pero, al menos, merecen ser pensadas.

  
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